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domingo, 12 de febrero de 2012

La hermana de Mozart, otro genio desconocido de la música.

Añadir leyMaria Anna Walburga Ignatia Mozart

              Ser mujer a lo largo de la Historia siempre fue un obstáculo invencible para la expresión y el reconocimiento del propio talento de la índole que fuera, ya que el mundo de la cultura, el arte y el conocimiento ha sido siempre un coto reservado para los hombres y hecho a su medida.
          El caso de la hermana de Mozart, María Anna Walburga Ignatia, conocida como Nannerl, es uno más que se suma a la larga lista de mujeres con un talento o don prodigioso en cualquiera de las ramas  del saber que, por su simple condición femenina, se vieron obligadas al ostracismo y al olvido de esas facultades portentosas que nacieron con ellas y murieron en el más ominoso olvido por culpa de los prejuicios, de la envidia de los propios hombres y de las costumbres sociales que relegaban a la mujer al oscuro papel de esposa y madre para que no hiciera sombra a los hombres que, por esa esclavitud intelectual a la que sometían a la mujer, se sentían superiores en un gesto de cinismo, soberbia y falacia que ha llegado hasta nuestros días en los que, supuestamente, la mujer tiene igualdad de derechos con el hombre, pero dobles deberes que éste último, exceso que el género masculino no tiene ningún deseo de reclamarlo para sí mismo, en una evidente declaración tácita de que no son demasiado deseables ni lucidos.
          La hermana de Mozar tenía unas extraordinarias facultades para la música. Su padre, Leopold, compositor, violinista y director musical en el arzobispado de Salzburgo, tenía una verdadera obsesión por enseñar e introducir a sus hijos en el mundo musical, tanto a Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart, como a la propia Nannerl, nacida en 1751 y cuatro años y medio mayor que su genial y reconocido hermano. Nannerl fue la cuarta hija de matrimonio formado por Leopold y Anna Maria Mozart y que, junto a su genial hermano fueron los únicos hijos que sobrevivieron. Nannerl comenzó a recibir lecciones que le  impartía su padre desde que era muy pequeña, las que despertaron la curiosidad e interés de su famoso hermano por la música. La niña tenía una gran pasión por el violín, por entonces un instrumento considerado poco apropiado para las mujeres, por lo que tuvo que decantar su vocación musical hacia el clavecín y el canto, lo que era más adecuado para las mujeres de la época.
       El talento de Mozart anuló al de su hermana de la que poco se ha conocido, aunque en la última década se han publicado varios libros sobre esta desconocida y excepcional música como son los títulos —«The Other Mozart» (2001), de Sharon Chmielarz; «Mozart's Sister: A Novel» (2006), de Nancy Moser; «La sorella di Mozart» (2007), de Rita Charbonnier; e «In Mozart's Shadow: His Sister's Story» (2008), de Carolyn Meyer, pero quien le ha dado notoriedad y la ha rescatado del olvido ha sido el director de cine René Féret a través de la película «Nannerl, la hermana de Mozart», a raíz del descubrimiento que hizo de las cartas que Leopold Mozart, padre de ambos músicos, escribió a Lorenz Hagenauer, el mecenas que financió el viaje que la familia Mozart hizo por Europa y que comenzó en Munich, en 1762, y finalizó en 1766, lo que sirve de argumento del film antes mencionada que se estranará el próximo mes de octubre en España.
          Para conocer la figura de Nannerl no sólo sirve de base la propia correspondencia antes citada, sino también la que el Propio Amadeus Mozart mantuvo con su propia hermana hasta que contrajo éste matrimonio con Constanze, lo que fue el principio del alejamiento de ambos hermanos por no ser bien aceptada la esposa de Mozart en la familia de éste.
Leopold desea fervientemente que toda Europa conozca las dotes musicales de sus hijos y prepara la gira familiar que obtiene las entusiastas alabanzas por donde quiera que actúa el trío formado por el padre y los dos hijos. Sin embargo, las comparaciones entre los dos niños geniales comienzan y según palabras del propio padre son descritos así: «...Wolfgang es extremadamente divertido aunque un poco pícaro. Y Nannerl no sufre mucho con las comparaciones con el chico, porque toca tan maravillosamente que todos hablan sobre ella y admiran su ejecución.», en una carta desde Fráncfort. Los comentaristas musicales de la época alabaron entusiasmados el talento de Nannerl que, con sólo doce años, era una de las más virtuosas intérpretes en Europa. Ella cantaba mientras su hermano Wolfgang tocaba el clavecín, incluso con los ojos tapados, y su padre el violín como muestran algunos retratos de la época. La gira finalizó en 1766 al contraer la escarlatina Wolfgang y, a partir de entonces, Nannerl ya haría contados viajes de gira pues había comenzado a ser una joven casadera.
 Mozart, sin embargo, siguió viajando con su padre pero no dejó de tener contacto con su hermana, a la que animaba mucho a proseguir con la música, especialmente como intérprete aconsejándole que gracias a su talento podía dar clases de piano en Viena y ganar mucho dinero así. Tambié le hacía hincapié que siguiera con la escritura de canciones que asombraban a su hermano por la perfección que tenía en la creación de bellas melodías. Le escribió desde Nápoles, en 1770: «Cara Sorella Mía! Me asombra ver lo bien que compones. En una palabra, la canción es preciosa. Hazlo más veces. Mándame pronto los otros seis minuetos de Haydn, te lo suplico», A pesar de que no han sobrevivido ninguna de dichas composiciones, algunos especialistas creen que Nannerl puco colaborar con su hermano en las primeras partituras firmadas por Moza
        La vida de Nannerl estuvo siempre marcada por la total aceptación y sumisión a los deseos de su padre que la convirtió en una hija obediente y devota del amor filial como  era lo indicado en la época en la que vivió. Aunque Mozart se había casado con la mujer que él eligió, ella tuvo que renunciar al profundo amor que sentía por su turtor, Franz dÍppold, y aceptar el matrimonio impuesto por su padre, por lo que contrajo matrimonio, en 1784, con Johann Baptist von Berchtold zu Sonnenburg, que era quince años mayor que ella y ejercía de magistrado de St. Gilgen, localidad a la que se trasladó Nannerl a vivir. Su marido había aportado cinco hijos al matrimonio anterior del que enviudó y a ellos se sumaron los tres que nacieron de este nuevo matrimonio. Al mayor de los hijos de Nannerl lo tuteló Leopold quizás para aliviar su soledad,  por la enfermedad del niño o porque no dudaba de la capacidad de ella para afrontar su educación.
La relación entre los dos hermanos se fue enfriando con los años, sobre todo cuando Mozart se casó con Constanze, en 1782, que como se ha dicho anteriormente, no fue bien visto por la familia de Mozart. A partir de entonces se fue espaciando la correspondencia entre Nannerl y su hermano, a excepción de las cartas que fueron escritas con motivo de la muerte del padre de ambos, en 1787, que trajo consigo los problemas inherentes a la herencia. Wolfgang y Nannerl no volvieron a verse  ni una sola vez en los últimos siete años de vida del compositor que murió en 1791.
 Después de fallecer Mozart al que sobrevivió muchos años, siguió tocando el piano, pero dejo completamente de lado la creación a la que nunca se refirió Leopold, quizás dándole el protagonismo en esa parcela musical a su hijo varón y creando la duda de su propia valía en la hija obediente a los dictados del padre, hombre al fin y al cabo.
Cuando enviudó Nannerl, en 1801, regresó a Salzburgo donde siguió impartiendo clases de piano. Quedó ciega en 1825 y murió cuatro años más tarde, a los 78 años. Recibió sepultura en la Abadía de San Pedro de la ciudad austríaca.
Esta mujer, genial en su talento musical, tuvo que sufrir el ostracismo y renunciar a su vocación, cuando alcanzó edad casadera y se hizo mujer, por las imposiciones de la época, como en otros siglos anteriores y posteriores, en los que el papel  femenino se reducía al de madre y esposa, malográndose así muchas inteligencias, vocaciones y aptitudes que no llegaron a madurar por los prejuicios sociales y la esclavitud intelectual a la que la mujer ha sido sometida desde el principio de la Historia.
No existió un solo Mozart genial, sino dos, pero a uno de ellos, a la hermana, su condición de mujer le impidió alcanzar la gloria a la que llegó Wolfgang, por un prejuicio sexista, por ese prejuicio atávico del hombre que no quiere dejarle luchar a la mujer con sus mismas armas porque teme que pueda vencerle en ingenio, inteligencia, talento y capacidad creadora. No es complejo de superioridad, sino de inferioridad que teme que sea puesto en evidencia.