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jueves, 13 de octubre de 2016

CLARA JANÉS

por Ana Alejandre                                                                                          
Clara Janés
Clara Janés Nadal, su nombre completo, poeta y traductora de diversos idiomas centro-europeos y orientales, nació en Barcelona el 6 de noviembre de 1940. Su padre fue el famoso editor y poeta Josep Janés i Olivé.
Desde muy niña se sintió atraída por la poesía a raíz de haber leído las poesías de Santa Teresa de Jesús. Comenzó la carrera de Filosfía y Letras en la Universidad de Barcelona, donde fue alumna de José Manuel Blecua que imparte la asignatura de literatura y en ella estudió la obra de San Juan de la Cruz y Francisco de Quevedo, además de otros poetas de la literatura clásica española que aumentaron en ella su pasión por la poesía popular.
Cuando tenía veinte años falleció su padre y se trasladó a Pamplona, ciudad en la que finalizó sus estudios universitarios que, después, complementó en la Universidad de la Sorbonne (París) donde estudió la Maítrise en Literatura Comparada. Por el apoyo de Gerardo Diego que  conocía a su madre, publicó su primera obra "Las estrellas vencidas"(1964), año en el que se trasladó a Madrid donde reside desde entonces.
Una de las influencias más notables y definitorias en su obra fue la del autor checo Vladimir Holan, que le impactó al leerlo, pues en él encuentra "el mundo desgarrado que ella pretendía expresar". Su fascinación hacia la obra de este poeta la llevó hasta Praga donde lo llega a conocer y aprendió checo para hablar con él y comenzar a traducirlo.
Interesada por todos los géneros literarios, comenzó a escribir novela, biografía y ensayo y destacó notablemente como traductora, especialmente de lengua checa y de los poetas  de dicha nacionalidad Vladimir Holan y Jaroslav Seifert. Igualmente, ha atraducido a otros autores como Margueritte Duras, Katherine Mansfield, Nathalie Sarraute y William Golding. También, en colaboración con conocedores de otras lenguas, ha traducido a poetas turcos y persas, tanto modernos como místicos antiguos. Por ese motivo, se la considera a esta autora y traductora como una excelente mediadora entre los mundos occidental y oriental.
En su obra se pueden distinguir varias etapas. La primera de ellas es un período en el que Clara Janés ofrece su visión femenina, desde el punto de vista tradicional, mientras intenta llegar hasta el origen de "lo femenino"; pero añadiéndole elementos propios de la existencia como son la angustia, la depresión, la soledad, la insatisfacción profunda y el conflicto inherente a las relaciones humanas. Esta etapa comienza con la publicación de "Las estrellas vencidas". A esta obra le siguen Límite humano (1974), En busca de Cordelia y poemas rumanos (1975), Antología personal 1959-1979 (1979) y Libro de alienaciones (1980).
La segunda etapa, se insinúa pero no se alcanza aún, en su intento de encontrar respuestas a las preguntas que se formula sobre el sentido de la vida, en su poemario "Vivir" (1983), en el que se encuentra su preocupación por adentrarse en el interior del ser humano, único lugar en el que puede encontrarse la paz de espíritu. Sólo se inicia esta segunda etapa en su poemario Eros (1981) en el que se encuentra ya de forma clara y expresa en su poemas el ideario feminista y un evidente erotismo, sensualidad y amor. Aspectos todos estos que se ponen de manifiesto especialmente en su siguiente poemario "Creciente fértil" (1989).
Otras poemarios son Kampa (1986), obra que la sitúa como una de las más importantes exponentes de la poesía amorosa española.  Otros títulos fueron Fósiles (1987), Rosas de fuego y Diván del ópalo de fuego(1996), La indetenible quietud (1998), El libro de los pájaros (1999) y Paralajes (2002). Muchas de sus obras han sido traducidas a más de veinte idiomas.

Por su obra ha obtenido los siguientes premios literarios españoles: Premio Ciudad de Barcelona por "Vivir" (1983), Premio Ciudad de Melilla por "Arcángel de sombra" (1998); Premio de Poesía Gil de Biedma por "Los secretos del bosque" (2002).
A esta autora es difícil catalogarla dentro de un movimiento o corriente literaria concreta de finales del siglo pasado, aunque algunos estudiosos consideran que parte de su obra podría ser encuadrada en el llamado movimiento de los "novísimos", aunque no se la puede incluir en este grupo, ya que posee Clara Janés un lenguaje y estilo propio que la distingue de cualquier grupo o tendencia literaria.

Comenzó a participar, a partir de 1983, en encuentros literarios nacionales e internacionales. Dirige la colección de Poesía de Oriente y del Mediterráneo en la que ha publicado a infinidad de poetas de esas latitudes.

Fue elegida académica de la Lengua y ocupa, desde el 7 de mayo de 2015, el sillón "U" de la Real Academia Española, y pronunció su discurso de ingreso en junio de este año. Dicha plaza estaba vacante desde la muerte de Eduardo García de Enterría que tuvo lugar el 16 de septiembre de 2013. Es la décima mujer elegida miembro de la RAE.
 Ha recibido diversos premios y distinciones, entre los que destaca el Premio Nacional de Traducción, en 1997, por el conjunto de su obra. Además, ha obtenido  Premio de la Fundación Tutav, de Turquía, por su labor de difusión de la poesía turca en España (1992), Medalla del Mérito de Primera categoría de la  Republica Checa por su labor como traductora y difusora de la literatura de dicho país, (2000)  y X Premio Nacional de las Letras «Teresa de Ávila» (2007)

Bibliografía de Clara Janés

OBRAS                                                                                     
Clara Janés
Narrativa:
Desintegración, 1969.
Los caballos del sueño, 1989.
El hombre de Adén, 1991.
Espejismos, 1992.
Espejos de agua, 1997.

Memorias y diarios:
Jardín y laberinto, 1990.
La voz de Ofelia, Madrid, Siruela, 2005.

Ensayo:
La vida callada de Federico Mompou, 1975                                                  
Cartas a Adriana, 1976.
Sendas de Rumania, 1981.
Cirlot, el no mundo y la poesía imaginal, 1996.
La palabra y el secreto, 1999.
Los árboles en las tres culturas (con Mercedes Hidalgo y Pablo Alonso), 2004.
El espejo de la noche. A Vladimir Holan en su centenario, 2005.
La vida callada de Federico Mompou, 2012.
Orbes del sueño, 2013.

PREMIOS

Premio Ciudad de Barcelona 1971
Premio Ciudad de Barcelona de Poesía en 1983
Premio Nacional a la obra de un traductor en 1995
Premio de la Fundación Tutav, de Turquía, 1992
Premio Nacional de Traducción por el conjunto de su obra, 1997
Premio Ciudad de Melilla 1998.
Medalla del Mérito de Primera categoría de la República checa, 2000 
Premio de Jaime Gil de Biedma 2002
Medalla de oro a la Bellas Artes 2005
Premio Nacional de la Letras Teresa de Ávila 2007
XIV Premio Internacional de Poesía Ciudad de Torrevieja 2010
I Premio de Poesía Experimental Francisco Pino, 2011.

ENLACES


Artículos de Clara Janés

El signo del infinito y la felicidad                                                   
Clara Janés

(El País, 25/3/2006)

Clara Janés

Descubrir el significado de un dibujo puede ser tan apasionante como resolver un caso en una novela de intriga. ¿Qué simbolizan dos serpientes entrelazadas en un gouache hindú? ¿Qué relación hay entre el signo del infinito, el número ocho y la palabra noche? Una pregunta lleva a la otra y una obsesión, a la siguiente. Algunos dicen que el objetivo de la filosofía es conseguir que los seres humanos sean felices. Puede que la sabiduría de los números sirva de ayuda.

Me despierto con una nueva palabra flotando en la mente: "nodulaciones", y es que me dormí con otra: "nodo". ¿Qué ha sucedido en mi cerebro durante las horas del sueño? Recuerdo que la tarde anterior, hablando por teléfono con Pablo Alonso, que ha publicado un libro donde interpreta los 42 signos enigmáticos de la Ventana de la Aparición del santuario de Caravaca de la Cruz, había salido la palabra "nodo". Hace más de un año vino él a mi casa y se fijó de inmediato en una fotocopia que estaba sobre un atril. Casi sin preámbulo me preguntó: "¿Por qué tienes esto aquí?". Era reproducción de un gouachehindú que representaba dos serpientes entrelazadas, según el pie de foto, "en torno a un lingam invisible", con una inscripción mínima en lo alto. Hacía poco, otro amigo me había proporcionado la primera iluminación, conocía el sánscrito y leyó lo escrito: "nagakkal". Y era justamente éste el motivo por el que tenía a la vista aquella imagen.

Me había empeñado en leer yo sola en persa -con un poco de ayuda- un texto del poeta Sohrab Sepehrí titulado La habitación azul, pensando que trataría de su infancia. Y sí, en él habla de los días de su niñez en Kashán y de cómo la familia abandonó determinada habitación de la casa por haber encontrado allí una serpiente. Partiendo de este suceso, se lanza a exponer el simbolismo de dicho animal en distintas civilizaciones, así, por ejemplo, dice que en los cuentos es guardián de un tesoro y, en cambio, para los Erajásignificaba puntería, mientras para los hindúes, fertilidad. Y lo dice usando numerosas palabras para mí desconocidas, como aquella de la inscripción. Luego describe Sepehrí la habitación, cuyo suelo era cuadrado y el techo circular, debido a la bóveda, y prosigue diciendo que el cuadrado representa la tierra y el círculo el cielo; cuenta, entre otras cosas, que, para representar la unión de ambos, los trajes de ceremonia de los emperadores chinos, en su mitad baja eran cuadrados y en la otra redondos, y cómo, también en la China antigua, durante los eclipses, las gentes sucumbían al pánico y parasalvarse se reunían en un lugar formando un cuadrado.

Tenía, pues, a la vista esa imagen y Pablo, sin esperar respuesta, dijo: "Las serpientes entrelazadas son el símbolo de Mercurio, la fuerza genésica, la resurrección del universo, y forman el signo del infinito. Ese signo contiene el ocho, y el ocho y la noche están estrechamente relacionados: son lo enigmático. En muchas lenguas ambas palabras tienen la misma raíz".

Mi cabeza, que actúa a veces de manera inesperada, vio lo que él decía transformado en poema visual y, acto seguido, se llenó del eco de una frase de Wittgenstein: "Sólo se puede escribir -es decir, sin hacer nada necio e improcedente- lo que surge en nosotros en forma de escritura". No se trataba de escritura, pero tan claramente se había formado el pensamiento como imagen que no tardé en poner manos a la obra. Necesité primero situar los signos y figuras que usaría y partí el papel con una línea horizontal y otra vertical pensando quitarlas luego, pero no pude: sin darme cuenta había indicado los puntos cardinales.

Ahora hablábamos del resultado de mi intento y él comentó que el símbolo del infinito se relaciona también con una madeja con un nudo en el centro, un nudo y un nodo. Y siguió con los números: el tres es el alma, el cinco es nupcial, el seis es la exaltación de la materia, el siete es el orden completo: siete colores, siete notas, siete moradas, siete planetas (en la antigüedad)... Y el diez es resumen de las estructuras de todo lo existente, la tetractys pitagórica, es decir, la suma de 1+2+3+4...

Todos estos números los veía yo igualmente en la página y siempre con una relación con los cuatro puntos cardinales, aunque, por cierto, Sepehrí, en aquel texto, habla de siete y hasta de ocho direcciones del espacio. Y yo lo veía además todo dando vueltas. Es natural: cada hombre es el centro de una circunferencia cuyo perímetro es el horizonte. De hecho, siempre se han representado el universo y los cielos de modo circular. Miles de veces hemos visto los zodíacos con todos los signos girando como planetas en torno al sol e, igualmente, los míticos ocho cielos. Y no sólo giran los elementos uranios, sino los laberintos, que simbolizan, además, la caída del hombre y la necesidad de buscar un "centro" para retornar al espacio celeste; y los mandalas que son, precisamente, "composiciones de círculos y cuadrados que se inspiran en cosmogramas", escribe Ignacio Gómez de Liaño.

Sohrab Sepehrí tenía una mente totalizadora y siguió su impulso: de Irán pasó a Japón, donde estudió grabado, vivió en la India, en Francia, viajó a Madrid... Lo mismo puede decirse de Gómez de Liaño, que dio un salto análogo: vivió en Japón y en China y, cuando escribe, hace dar vueltas al conocimiento. En su Breviario de filosofía práctica nos recuerda: "El origen de la iconografía budista se encuentra, como es bien sabido, en el arte grecorromano surgido en la región de Gandara, entre Pakistán y Afganistán, en los siglos I y II".

Cuando me pongo a desayunar me entra el desasosiego: la palabra "nodulación" no deriva de "nodo", y menos de "nudo", del signo del infinito; deriva más bien de "nódulo", que es algo muy distinto: "concreción de poco volumen" (dice el Casares). Su formación en mi mente ha sido fruto de esa "naturaleza vaga, borrosa" de las formas del sentir, de las que también habla el filósofo español, que, por cierto, afirma que el propósito de la filosofía debe ser la felicidad.

Nodo. Nudo. Los pitagóricos evitaban las habas porque "carecen de nudos", dice Aristóteles. También ellos se atrevían a hablar de felicidad. Entre las sentencias orales de los acusmáticos figuran: "¿Qué es lo más sabio? -el número. ¿Qué es lo más bueno? -la felicidad."


La poesía: profesión de fe

(El País, 22/Mar/2014)

Clara Janés

Altos muros del agua, torres altas, / aguas de pronto negras contra nada, /impenetrables, verdes, grises aguas, / aguas de pronto blancas, deslumbradas”. Muchos son los versos de Octavio Paz con una estructura análoga a la de estos. Y si seguimos leyendo el poema, en la tercera estrofa encontramos: “El resonante tigre de las aguas, / las uñas resonantes de cien tigres, / las cien manos del agua, los cien tigres / con una sola mano contra nada”. Este modo, que además de no temer la rima asonante incorpora la repetición de palabras con distintas ubicaciones y pesos, responde en primer lugar la inteligencia y el dominio de quien esto escribe. Octavio Paz, es sabido, aparece como uno de esos manantiales de luz del intelecto que ilumina todas las parcelas del acervo humano. En su poesía hace lo propio a través del mismo hecho poético. Y este se presenta, dice él, en el ritmo, la música, la metáfora, la analogía, la combinatoria... El ritmo es el esqueleto, pero es la plástica del poema lo que más llama la atención en su obra. Las palabras nos dicen algo que está más cerca de nosotros que su sentido, actúan como los colores en un cuadro.

En estas estrofas, de coger un pincel y pintar azul el “agua”, blanca la “nada” y rojo el “tigre”, tendríamos en la primera cuatro manchas azules y una blanca, y en la segunda, tres manchas rojas, dos azules y una blanca. Se diría una obra de Miró, pero también se trata de un trayecto. En la primera hallamos “muros”, “torres” e “impenetrables”, puros obstáculos, y por otro lado “aguas”, “verdes” y “deslumbradas”, que invitan a un fluir. El conjunto entero del poema se presenta como un ámbito cerrado y seductor, un laberinto visual en el que todo se resuelve en la misma contraposición de sus elementos. La maestría de Octavio Paz es esta: atraparnos liberándonos a la vez con su particular modo de empleo de los materiales.

¿Se trata de una cuestión externa? Él mismo nos contesta: “La forma que se ajusta al movimiento / no es prisión, sino piel del pensamiento”.

Hay que adivinar, pues, el pensamiento a través del aspecto y no a través del contenido de la palabra. ¿Cuál es el propósito final? Paz no diría nunca como Cirlot: “Poesía es lo que el mundo no es y no me da”. Tan culto y conocedor del mundo surrealista o esotérico como este, se halla, en cambio, en la posición contraria: será el poeta el que tome del mundo lo que quiera y lo someta a metamorfosis. Gran ensayista y pensador, el mexicano afirma: “Un poema no solo es un objeto verbal, sino que es una profesión de fe”. De hecho es el cuerpo del poema al que él da vida como “artista”, el objeto de su fe, por ello es hasta tal punto completo su logro. Y en el poema se halla el mundo entero.

Si Mallarmé, así lo destaca Paz, veía “la poesía como máscara de la nada”, para él sería más bien "máscara de todo". Con sus libros, llámense Libertad bajo palabra, Árbol adentro, Ladera Este, Blanco o Salamandra nos sitúa ante todas las culturas de todas las épocas, desde las autóctonas mexicanas a las del Japón y de la India o a las vanguardias europeas de la primera mitad del siglo XX, sin evadir siquiera el hilo de sus propios pasos(Pasado en claro) y siempre con esa luz que es proyección del pensamiento sobre el poema de modo que atrae, de inmediato, a los ojos. Él es plenamente consciente de ello pues afirma: “La poesía / como la verdad, se ve”, y también: “La crítica del objeto prepara la resurrección de la obra de arte no como cosa que se posee, sino como presencia que se contempla”.