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domingo, 27 de agosto de 2017

BIOGRAFÍA 
Cristina Fernández cubas

Ana Alejandre

Cristina Fernández Cubas, escritora de novelas, cuentos y obras de teatro, nació en Arenys de Mar en 1945. Estudió derecho y Periodismo en Barcelona.

Su `primera obra publicada fue Mi hermana Elba (1980), al que le siguieron multitud de títulos como son Los altillos de Brumal (1983), El ángulo del horror (1990), Con Aghata en Estambul (1994), Parientes pobres del diablo (2006, Premio Setenil del mismo año).

Ha publicado dos novelas novelas El año de Gracia y El columpio. Se ha interesado también como autora por el teatro para el que escribió  Hermanas de sangre y un libro de memorias narradas, Cosas que ya no existen (Premio NH Hoteles para Cuentos, 2001).

Su recopilación Todos los cuentos recibió los premios Ciudad de Barcelona, en 2009, Salambó, Qwerty y Tormenta.  Utilizó el pseudónimo de Fernanda Kubbs para su novela La puerta entreabierta, en 2013Ha sido galardonada con el Premio Nacional de Narrativa 2016 por su obra La habitación de Nona, en la que la autora "mezcla con maestría lo cotidiano y lo fantástico alcanzando la esencia y la vitalidad propias de lo mejor de este género literario", en opinión del jurado.

En toda su obra, tanto de cuentos, novelas y teatro, se advierte un “fino horror” que ha provocado el interés y la fascinación entre sus lectores. Se ha convertido, a lo largo de los años, en un referente para los escritores de generaciones siguientes que han cultivado el cuento.

Utiliza intensamente elementos  narrativos singulares  y, en cierta medida, que no son analizables desde la lógica, lo que lleva al lector hasta cuestionar todo aquello que se consideran certezas inamovibles en la vida cotidiana.

En su estilo se advierte la sencillez, la claridad en la escritura que conserva a  lo largo de todas las historias narradas, huyendo del efectismo que se advierte, en muchas ocasiones, en el género fantástico. Esto la ha llevado a tener una excelente acogida tanto por la crítica como por el público, ya que aprecian en esta autora un estilo personalísimo y original, creador de un universo literario de la narrativa española actual, que se ha mantenido constante en su búsqueda de exploración de todos aquellos elementos sutiles, impredecibles y misteriosos que confluyen en la vida del ser humano y le aporta una carga de insospechada imprevisibilidad y fascinación.


La obra de esta autora ha sido traducida a nueve idiomas.

Bibliografía de Cristina Fernández Cubas

BIBLIOGRAFÍA

Obra:
Mi hermana Elba, 1980
Los altillos de Brumal, 1983
El año de Gracia, 1985
Cris y Cros, 1988
El ángulo del horror, 1990
Con Agatha en Estambul, 1994
El columpio, Barcelona,1995
Hermanas de sangre, 1998
Emilia Pardo Bazán, 2001
Cosas que ya no existen, 2011
Parientes pobres del diablo, 2006
Todos los cuentos, 2008
La puerta entreabierta 2013


PREMIOS

Premio NH de relatos, 2001
Premio Setenil de relatos 2006


ENLACES




Artículos de Cristina Fernández Cubas

La disputada corona de Carlos II el Hechizado                          
Cristina Fernández cubas
Cristina Fernández Cubas
(El País, 26/Nov/2001)

Entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII se produce un incremento notable de la población malagueña, a pesar de la alta mortalidad infantil, las epidemias, las hambrunas y las catástrofes como el terremoto de 1680 o los frecuentes desbordamientos del río Guadalmedina. Hay una fuerte corriente migratoria del campo hacia la ciudad. La economía se resiente a finales del XVII. Los períodos de sequía se alternaban con lluvias torrenciales que hacen perder las cosechas. La mayor parte de la población vivía de la agricultura. Sin embargo, es el comercio malagueño el que experimenta un desarrollo extraordinario, convirtiéndose en la principal fuente de riqueza de la ciudad.
Así dejan Málaga los últimos años del siglo XVII. Pero no solo se cambia de siglo. También de dinastía. La estirpe de los Austrias se agota con Carlos II el Hechizado, que muere sin descendencia y deja al país sumergido en un conflicto para ocupar el trono. A ese puesto aspira su sobrino nieto, Felipe de Anjou, nieto del rey de Francia Luis XIV que luchará frente a la casa de Austria, los ingleses y los holandeses. 'Málaga, a excepción de una pequeña minoría, desde el primer momento apoya el reinado de los Borbones, al igual que toda Andalucía', dice María Pepa Lara, directora del Archivo Municipal de Málaga. 'Por eso, no sufre grandes cambios. Sin embargo, a Aragón y Cataluña, que apoyaron a los Austrias, se les abolieron los fueros con Felipe V', añade. El Archivo Municipal de Málaga acoge hasta el 9 de diciembre una muestra con litografías, planos, censos y documentos autógrafos de los reyes, que recogen la vida de los malagueños de esa época y su relación con la corona.
Andalucía se vio envuelta en el espíritu francés. 'En el modelo municipal se constituyen figuras nuevas con la llegada de Felipe V como el jurado, que defiende ante los regidores la figura del pueblo, siempre con el apoyo real', dice Marion Reder, profesora de Historia Moderna de la Universidad de Málaga. 'Con la llegada de Felipe V también se modificó la estructura social e incluso la moda. De la tela oscura de los trajes, la holandilla y los encajes se pasa a modelos más vistosos llenos de brocados', dice Reder. 'Desaparece el aspecto severo de los Austrias y aparece un estilo más sofisticado y elegante. También los hombres comienzan a usar pelucas', añade.
'Carlos II y Felipe V nunca visitaron Málaga, aunque la corte mantuvo siempre un contacto muy estrecho con todas las ciudades', dice Lara. Sin embargo, Felipe V sí que pasó largas temporadas en el Alcázar de Sevilla, curándose de sus depresiones.

La pérdida de Gibraltar
Cristina Fernández cubas
(El País, 28/Nov/2001)

Sólo 80 soldados protegían Gibraltar de cualquier ataque. Estas tropas y apenas un centenar de cañones se enfrentaban el 4 de agosto de 1704 a unos 60 buques de la armada angloholandesa con 200.000 hombres y más de 3.000 piezas de artillería. El resultado, la pérdida de La Roca. Unos días antes de la pérdida de Gibraltar, el 11 de julio, el gobernador de este territorio, Diego de Salinas, envía una carta al cabildo malagueño advirtiendo de la presencia de unos 90 barcos hostiles y del peligro que supone para toda la costa debido a la falta de medios militares. Salinas pide al gobernador de Málaga que transmita su difícil situación a la armada francesa que se dirige a la zona. El 13 de agosto, se avista en las costas de Marbella la armada angloholandesa. Desde que días anteriores a la derrota de los gibraltareños la escuadra enemiga había intentado instalar tropas de infantería en tierra a la distancia de dos leguas de Torremolinos, las autoridades malagueñas estaban alerta. Habían llamado a las milicias de Antequera y villas cercanas, llegando a los 7.000 hombres. Pronto, los barcos franceses alcanzarían las costas malagueñas al mando del conde de Tolosa, hijo de Luis XIV. 'El 24 de agosto se produjo frente a nuestras costas la que según muchos autores fue la batalla naval más importante de la Guerra de Sucesión', afirma María Pepa Lara. 'Fue una contienda muy dura. Desde las siete de la mañana hasta que cayó la noche. Ambas armadas sufrieron muchas pérdidas y la Historia no da un claro vencedor, aunque los franceses entraron en Málaga como triunfadores', añade. Una litografía de la época, expuesta en las salas del Archivo Municipal, conmemora el combate naval frente a las costas de Vélez-Málaga.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 28 de noviembre de 2001
Noche de hotel
Cristina Fernández Cubas
(El País, 29 agosto 1999)
Me habían indicado que en aquella localidad había un único hotel. Cómodo y barato. Y ahí me dirigía. A alojarme por una noche en el Hotel Fruela. Pero, o era ya muy tarde o el alumbrado público demasiado débil. No lo encontré. Tampoco a nadie a quien preguntar. Iba a regresar a la estación, cuando empezó a llover y me refugié en unos soportales. Entonces me pareció escuchar el lejano sonido de unas gaitas. Retrocedí unos pasos. La música procedía de una ventana iluminada en la que, curiosamente, no había reparado hasta aquel momento. Miré sin disimulo. Tras las cortinas distinguí un salón y a una familia charlando junto al fuego. La familia infundía confianza, y el salón parecía lo suficientemente amplio como para tratarse del cuarto-para-todo de una posada antigua. Llamé a la puerta.
-¿Fruela? -pregunté.
-No -respondió una mujer de aspecto muy agradable-. Pero aceptamos huéspedes.
Me invitó a pasar. Las gaitas surgían de un viejo gramófono admirablemente conservado, y la mesa que hacía las veces de bar era de madera noble. No soy anticuario, tan sólo viajante de comercio, pero se me ocurrió que tal vez al día siguiente podía hacer algún negocio.
-Nos perdonará -dijo la mujer-. Esta noche estamos de celebración: el cumpleaños de mi padre.
Tenía las pestañas largas y tupidas, y los ojos, de un negro profundo.
-No les molestaré -dije-. Tan sólo quiero descansar. Ella sonrió.
-Puedo ofrecerle una sidrina. O quizás le apetezca un caldín... Los diminutivos regionales, en su boca, sonaban dulces, reconfortantes, tiernos. Acepté la sidrina. Junto al hogar, la familia se había quedado en silencio, observándonos. Ella, ahora, miraba curiosa mi equipaje.
-¿Qué lleva en el maletín? ¿Qué vende? Había pronunciado maletín con el mismo encanto con el que, momentos antes, me ofreciera la sidrina. Me sorprendí pensando que la palabra "maletín" era deliciosa.
-De todo -dije, como buen vendedor que soy.
Con un rápido gesto se recogió el cabello en un moño. Me fijé en su sortija. Una esmeralda bellísima.
-Baratijas... -precisé intimidado-. Cosas de feria.
Abrí el muestrario y, a falta de algo mejor, escogí el artículo-estrella de la temporada. Una linterna de potencia inaudita, un auténtico foco, nuevo en el mercado, muy útil para automovilistas, feriantes, hoteleros... Ella no me prestó atención. Se había quedado prendada de un par de pulseras fosforescentes y de un tigre de felpa que podía gruñir si se le oprimía el estómago. Me propuso un trato. No quería dinero, pero a cambio de aquellos objetos me ofrecía la mejor habitación. La escuché confundido. Los brazaletes no valían nada, y el tigre llevaba en el dorso el anuncio de una marca de chocolatinas.

-Con derecho a desayuno -insistió.
Decidido. La mujer que tenía frente a mí carecía del menor sentido comercial. Instintivamente me volví hacia el gramófono. No suelo aprovecharme de los inocentes. Pero aquella pieza debía valer una fortuna.
-¿Le gusta la música? -preguntó siguiendo mi mirada-. Esta noche vendrán unos amigos. Gaiteros de verdad. De toda la vida.
No me atreví a preguntarle si tenía marido. Era hermosa. Cada vez más. El grupo silente, olvidado de mi presencia, se hallaba ahora absorto en la contemplación del fuego. Me sentí de más. Después de todo, yo era un intruso y ellos iban a celebrar una fiesta. Dije que estaba cansado. Ella me acompañó al zaguán y me mostró unas escaleras.
La habitación, en el primer piso, era inmensa. Cualquier otra familia no hubiera dudado en levantar tabiques y convertirla, por lo menos, en cuatro dormitorios. Pero no parecía que hubiera muchos forasteros en aquel pueblo. O a lo mejor se alojaban todos en el Fruela. O el Fruela, quizás, dada la ausencia de viajeros, hacía años que había cerrado. Me desnudé y me metí en la cama. Los ojos de aquella mujer seguían en mi pensamiento. No era una niña ya y seguramente estaba casada. Sin embargo, había algo especial en su mirada que parecía desmentirlo. ¿Y si fuera viuda? Intenté dormir y soñar con los ojos de la bella viuda, pero casi enseguida empezaron a sonar las gaitas. Las "de verdad", las "de toda la vida"... No resistí a la curiosidad. Me puse el batín -¡qué bonita palabra!, "batín"...- y me asomé a la barandilla de la escalera. Media docena de gaiteros ataviados con bellísimos trajes regionales cruzaban parsimoniosos el zaguán y entraban en el salón. Dudé en vestirme y bajar. ¿No era natural que un forastero se interesara por sus costumbres? Es más, ¿no resultaría una grave descortesía permanecer ajeno a aquel festejo? Tras el último gaitero apareció la mujer, agitada, feliz, dando indicaciones con los brazos a alguien que, desde mi puesto de observación, no lograba distinguir. Entonces se apagó la luz. Durante unos segundos no vi otra cosa que el brillo fosforescente de las dos pulseras. Sonreí. De alguna manera, yo estaba allí, con ella. Me llevaba en sus muñecas. Esa dulce sensación duró tanto -o tan poco- como la breve oscuridad. Enseguida un resplandor poderoso anunció la llegada de nuevas atracciones. No tardé en ver de qué se trataba. Era un pastel monumental, de por lo menos siete pisos. Una tarta iluminada que tres personas arrastraban sobre ruedas al tiempo que las gaitas enmudecían y del salón llegaban los primeros aplausos. Ahora recordaba avergonzado mi linterna de pacotilla. ¡Ni siquiera con cinco mil baratijas como aquélla podría producir semejante resplandor! Las puertas del salón se cerraron tras la tarta, y yo, a tientas, escuchando encendidos vítores al abuelo, regresé a mi cuarto. No era sólo una fiesta, sino un homenaje. Y no estaba claro que hubiera sido invitado.
Al día siguiente me levanté temprano, recogí mis cosas y bajé al salón. Olía a limpio, a recién fregado. En una mesa me aguardaba el desayuno. Pan, leche, café y -la única huella de la gran fiesta- un trozo de tarta de la noche anterior. Pensé que durante muchos días aquella encantadora familia se vería obligada a desayunar, comer o merendar siempre lo mismo. A no ser que la tarta tuviera trampa. Un fondo falso o varios pisos simulados. A través de una puerta entornada distinguí a la mujer. Estaba preparando un guiso. Hizo como que no me veía, pero sonrió y se arregló el peinado. Una niña junto al fuego jugaba con el tigre gruñidor. ¿La hija?, ¿la sobrina? Me acerqué al hogar. Siempre he sabido ganarme a las criaturas. En mi profesión es casi imprescindible. Si los feriantes, de quienes intento conseguir un pedido, tienen niños, el trato se resuelve fácilmente. Encandilo con cualquier chuchería a los pequeños, y sus padres, en vista del efecto, empiezan a echar cuentas y a calcular ganancias. Pero esta vez no pretendía vender nada. Tan sólo conseguir alguna información. Aunque, ¿no era demasiado pequeña para que pudiera sonsacarle? La llamé "guapina" y le pregunté por la edad del tigre.
-No sé -dijo encogiéndose de hombros.
Luego, me miró y alzó orgullosa los dedos índice y corazón.
-Yo, dos.
-Así que dos añines -proseguí-. Vaya, vaya.
-¡No! -protestó súbitamente enfadada. Y se resguardó tras el tigre como tras un escudo-. ¡Dos siglines!
La mujer de las pestañas fascinantes entró en aquel momento. Me dirigió una mirada seductora y cogió en brazos a la niña.
-Espero que no le haya molestado. Es la pequeña y está muy consentida.
Negué con la cabeza. Iba a decirle que aquella criatura era un encanto. Un prodigio. La niña más espabilada que había conocido en la vida. ¡Mira que responderme "dos siglines"! Pero algo me vino con fuerza a la cabeza.
-¿Cuántos años cumplía su padre ayer?
-Unos pocos -dijo con sonrisa encantadora.
Y recordé la primera impresión ante la deslumbrante tarta descomunal. ¿Qué era lo que había pensado entonces? Ni cinco mil linternas podían emular tanta luminosidad. Sí, eso era. Cinco mil linternas. Cinco mil focos. Es decir, cinco mil velas... ¡Cinco mil...! La cabeza empezó a darme vueltas.
-Tengo que irme ya -decidí en voz muy baja.
Ella me miró resignada.
Salí a la calle. Ahí mismo, frente a los soportales, se hallaba el flamante "Hotel Fruela". Parecía una broma, un disparate. Me volví hacia la casa que acababa de abandonar. Una densa niebla se levantó de pronto, como, según se cuenta, sucede a menudo en aquella región. Agucé la vista y alcancé a ver, sobre la puerta, una inscripción borrosa: "Posada Brigadoon". No sé idiomas. Soy un simple viajante, ya lo he dicho. Pero aquel nombre, en principio sin ningún significado, me afirmó en la decisión de alejarme de allí lo antes posible. Al abordar el tren me sentí a la vez cobarde y valeroso, sensato y necio, feliz y desgraciado. Ignoro aún si porque no había llegado a enamorarme. O todo lo contrario. Porque estuve a punto.

Expreso Gijón-Barcelona, 30 de mayo de 1999.

jueves, 20 de abril de 2017

I Centenario del nacimiento de Gloria Fuertes

Ana Alejandre                                                                                           

Gloria Fuertes
Gloria fuertes no ganó el premio Nobel de Literatura –lo cual la traía al fresco-, aunque sí recibió, en 1968, el Premio Andersen Inernacional, al que se considera el Nobel infantil-. Además, ha recibido el insólito honor de ser la única persona del mundo de las  letras  a nivel internacional que  ilustra con su cara, redonda y bonachona, la cola de un avión comercial de pasajeros, concretamente la del Boeing 737-800 de Norwegian Air Shuttle, en homenaje al I Centenario de su nacimiento.

Insólito homenaje que nadie del mundo de las letras puede contar en su haber, quizás en recuerdo de su famoso Un globo, dos globos, tres globos que le ha hecho merecer tal honor aéreo para que pasee su sonrisa pícara, mitad triste y mitad irónica, por los cielos terrestres, como una embajadora de la poesía ingenua, cercana, coloquial y tan humana como era ella misma.

Gloria Fuertes (28 de julio de 1917- 27de noviembre de 1998)  nació en el barrio madrileño de Lavapiés, en el seno de una familia trabajadora. Ya desde niña apuntaban las notas características de su personalidad contestataria y rebelde, siempre con ansias de libertad y anticonformismo, lo que la llevó a no ocultar su realidad de  lesbiana y de izquierdas, en una época en la que ninguna de estas características se podía expresar sin sufrir las consecuencias.

Publicó tempranamente, sólo con catorce años, su primer poema Niñez, Juventud, Vejez y, en 1935, publicó sus primeros versos en una revista infantil y dio sus primeros recitales de poesía en Radio Madrid. Fue redactora de la revista infantil Maravillas en la que  publicaba cuentos, poesías e historietas para niños, y en la revista Chicas, así como estrenó en Madrid algunas de sus obras para el teatro infantil.

Consiguió una mayor notoriedad desde el momento en el que se integró en el Postismo, movimiento que lideraba Carlos Edmundo de Ory. También, empezó a colaborar en las revistas Postismo y Cerbatana, en colaboración con Ory, Sernesi y Chicharro.

Fundó en 1947, junto a otras poetas, el grupo femenino «Versos con faldas» que ofrecía lecturas y recitales por cafés y bares de Madrid. También, colaboraba en revistas para, adultos como RumbosPoesía Española y El Pájaro de Paja. Fue cofundadora con Antonio Gala, Julio Mariscal y Rafael Mir, en 1950, de la revista poética Arquero que ella dirigió hasta 1954.

No fueron esas sus únicas actividades, porque consiguió una beca Fullbright de Literatura Española y fue profesora en las universidades de Bucknell, Mary Baldwin y Bryn Mawr, en Estados Unidos.

Obtuvo el Premio Guipúzcoa de poesía por “Ni tiro, ni veneno, ni navaja”, en 1965. El Premio Lazarillo le fue concedido por “Cangura para todo”, el año siguiente.

Fue a raíz de obtener una beca March de creación, en 1972, cuando se dedicó a la literatura de forma exclusiva. En esa década de los setenta colaboró en diversos programas de televisión.

En su obra se encuentran  once poemarios, cinco obras de teatro y dieciocho obras para adultos.


Para la conmemoración del I Centenario de su nacimiento diversas editoriales preparan la publicación de sus obras más significativas que llenaran las librerías de los títulos de esta poeta singular y mujer entrañable.

lunes, 30 de enero de 2017

Svetlana Aleksiévich


Svetlana Aleksiévich

La cronista bielorrusa Svetlana Aleksiévich, cuyo nombre completo es Svetlana Aleksándrovna Alexiévich, fue  galardonada con el Premio Nobel de Literatura de 2015.

Nacida el 31 de mayo de 1948, en Stanislav, Ivano-Frankivsk, Ucrania.Hija de un militar soviético de origen bielorruso y de una maestra ucraniana. Su infancia transcurrió en Bielorrusia.

Comenzó a escribir poesía en su etapa de estudiante y artículos que publicaba en la prensa escolar. Cursó estudios de periodismo en la Universidad de Minsk desde 1967 y se graduó en 1972, y a partir de entonces se trasladó a Biaroza, provincia de Brest, donde inició su trabajo como periodista y, también, como profesora de historia y de lengua alemana. Ejerció como reportera en Narowla, provincia de Gómel, y trabajó en la revista literaria Neman, de Minsk, para la que escribió cuentos, ensayos y reportajes.

Después de abandonar Bielorrusia, en 2000, residió en París, Gotenburgo y Berlín, aunque posteriormente regresó a Minsk.

Entre sus trabajos periodísticos más importantes se destacan las entrevistas a distintos e importantes personajes de la etapa soviética y postsoviética. Se le compara con Alexandr Solzhenitsin y se advierte en ella la marcada influencia del escritor bielorruso Alés Adamóvich, al que se refiere como su maestro.

En toda su obra se aprecia que sus textos están a caballo entre la literatura y el periodismo porque ofrecen una prosa documental en la que predominan los testimonios individuales. Un ejemplo de ello aparece en su libro "La guerra no tiene rostro de mujer", en el que entrevistó a mujeres rusas participantes en la II Guerra Mundial. La obra la terminó en 1983; pero, a causa de poner en entredicho las ideas estereotipadas sobre el heroísmo soviético, las autoridades soviéticas la acusaron de tener ideas propias del naturalismo y pacifismo, lo que constituían duras acusaciones en esos momentos y, por ello fue publicada dos años después, gracias al proceso de reformas políticas conocido por la Perestroika. A raíz de la adaptación teatral de esta obra, realizada en Moscú, en 1985, sirvió de apoyo a la Glásnost del régimen soviético iniciada por Mijaíl Gorbachov. Ingresó en 1984 en la Unión de Escritores de la Unión Soviética, pero no pudo publicar hasta ya iniciada la Perestroika, en 1985, el primer volumen de su ciclo «El hombre rojo. La voz de la utopía». Sufrió acoso por el régimen de Aleksander Lukashenko, presidente bielorruso.

Svetlana Aleksiévich se autotitula "historiadora del alma", por ser una reportera que como ella misma afirma: "Sigo las pistas de la existencia del alma, hago anotaciones del alma... El camino del alma para mí es mucho más importante que el suceso como tal, eso no es tan importante. El "cómo fue" no está en primer lugar, lo que me inquieta y me espanta es otra cosa: ¿qué le ocurrió allí al ser humano?" (el fragmento pertenece a la obra "La guerra no tiene rostro de mujer", publicada por Debate). Su mayor preocupación al escribir una crónica es facilitar las pistas al lector para que pueda comprender mejor a quienes son los protagonistas, muchas veces simples víctimas de los sucesos que narra, aquellos hechos que ofrecen los tintes más oscuros, sombríos y tenebrosos del supuesto extinto mundo soviético, tanto en el plano político como en el intelectual y espiritual.

En 1989 publica Tsinkovye Málchiki (Los chicos de cinc), en la que ofrece los terribles testimonios de madres de soldados rusos que lucharon en la Guerra de Afganistán; en Zacharovannye Smertiu (Cautivados por la muerte), 1993, trata sobre los suicidios de quienes no pudieron soportar el fin de la ideología comunista del régimen soviético; "Voces de Chernóbil" (1997), fue traducido al español en 2006, obra que trata sobre quienes se sacrificaron a raíz de la catástrofe nuclear de Chernóbil. El libro ofrece la extensa y exhaustiva información recogida en las entrevistas realizadas a más de quinientas personas, durante diez años, que fueron testigos del desastre de Chernóbil, Ucrania. En la obra "El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo", publicada en 2014, es la radiografía del final de la utopía comunista soviética.

Svetlana Aleksiévich no sólo realiza trabajos de investigación periodística, sino que su inquietud creativa le ha llevado a escribir tres piezas teatrales y veintiún guiones de cine.
Su carrera profesional recoge innumerables galardones y premios a partir de 1996 cuando su carrera estaba consolidada. Ha recibido importantes premios internacionales como el polaco Ryszard-Kapuscinski, en 1996, el Premio Herder, en 1999 y el Premio de la Paz del Comercio Librero Alemán, en 2013, entre otros. En 2015 le ha sido otorgado el Premio Nobel que pone de relieve y respalda no sólo su inmensa labor, sino también la realizada por generaciones de grandes cronistas que ahora ven reconocido su incansable esfuerzo por narrar la realidad de este mundo caótico en la figura de Svetlana Alexiévich..

En España sólo se han publicado cinco de sus libros dedicados a narrar el terrible infierno que supuso la utopía comunista, la pesadilla en la que se transformó el sueño de la razón soviética, que confirmó lo dicho por Goya cuando afirmó que "la razón crea monstruos". Los cinco títulos publicados son «Voces de Chernóbil. Crónica del futuro» (Casiopea, 2002 y DeBolsillo, 2015), «El fin del homo soviéticus» (El Acantilado, 2015), «La guerra no tiene rostro de mujer» (Debate, 2015); «Los últimos testigos. Cuentos nada infantiles» (Debate la publicará en 2017).

La propia autora ha afirmado "He escrito cinco libros pero, en realidad, llevo casi cuarenta años escribiendo una única obra, consistente en hacer la crónica de lo que fueron los Gulag –campos de concentración estalinistas-, las guerras, la catástrofe de Chernóbil y la desintegración del Imperio Rojo. Atrás queda un mar de sangre y una gigantesca fosa común", según ha manifestado en recientes declaraciones.


Svetlana Aleksiévich ha demostrado que la realidad supera a la ficción en sus relieves más siniestros, y que la crónica de la realidad puede estar dotada de técnicas literarias que la convierten en auténtica literatura, aunque también trufada de connotaciones cinematográficas: planos cortos, medios y largos en cuanto al enfoque de la narración, diálogos medidos e intercalados en la narración de los hechos, ritmo creciente en intensidad, montaje de la estructura narrativa que ofrece lo mejor de la técnica cinematográfica para que el lector se vea envuelto en los sucesos narrados por sus protagonistas sin perder, por ello, su naturaleza de narración escrita.