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miércoles, 30 de diciembre de 2015

Virginia Woolf, innovadora de la novela moderna

Virginia Woolf, innovadora de la novela moderna


Hace cien años que se publicó la primera novela  Fin de viaje , de Virginia Woolf, en la que aparece nítidamente el intento de la novelista por romper con la novela tradicional, por lo que es considerada una de las renovadoras de la novela moderna junto a figuras como James Joyce, Franz Kafka o Thomas Mann.
Virginia Woolf (1882-1941), novelista y crítica británica, se hizo famosa por su depurada técnica del monólogo interior de los personajes en el que intentaba plasmar los pensamientos e ideas que provienen del subconsciente y por su  exquisito estilo poético que fueron sus principales aportaciones a la novela moderna.
Su verdadero nombre era Adeline Virginia Stephen, hija de sir Leslie Stephen, distinguido crítico, biógrafo, filósofo  e historiador, Por ese motivo Virginia se educó en un ambiente culto y refinado, frecuentado por literatos, artistas e intelectuales.
A raíz de morir su padre, en 1905, se trasladó a vivir con su hermana Vanessa –quien se casaría más tarde con el crítico Olive Bell- y sus dos hermanos, en el barrio londinense de Bloombury, lugar que se convertiría en lugar frecuentado por librepensadores, y antiguos compañeros de estudios de sus hermanos, entre los que  se contaban intelectuales de  renombre como eran, el economista J. M. Keynes y los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, y el escritor E. M. Forster, entre otros, además del propio Olive Bell, quien sería su cuñado, y el  economista Leonard Woolf con quien contraería matrimonio Virginia, en 1912, y adoptaría a partir de entonces su apellido. Grupo sería conocido después como el grupo de Bloomsbury. Los miembros del mismo tenían como nexo común en el plano intelectual la búsqueda del conocimiento y del placer estético,  a la que consideraban como el fin más elevado al que pueda aspirar el ser humano,  además  de hacer gala todos ellos de un patente anticonformismo político  estético y moral.
En 1917 fundó junto a su marido la editorial Hogart.Press, editorial que publicaría la que editó la obra de la propia Virginia y la de otros  famosos escritores, como T. S. Eliot, Katherine Mansfield, o S. Freud. Sus primeras novelas fueron Fin de viaje (1915) , Noche y día (1919) y El cuarto de Jacob (1922), en las que se hace patente la decisión de la autora de romper con las normas narrativas de la novelística inglesa anterior, sobre todo en lo relacionado con la hasta entonces obligada sujeción al argumento de los personajes y actos, y la correspondiente descripción de ambientes y personajes de la trama que era obligada,  técnica narrativa que se encontraba así encorsetada en dicha estructura rígida y fijada por los cánones literarios anteriores. Estos primeros intentos de novedosa técnica narrativa no recibieron apenas atención por parte de la crítica.
Fue a partir de la publicación de sus novelas siguientes La señora Dalloway (1925) y Al faro (1927), esta última novela considerada  clave del modernismo y de consagración de su autora en  la nueva novela del siglo XX, además de estar considerada como su obra más autobiográfica,  cuando consiguió el reconocimiento de la crítica que alabó la originalidad de su obra y sus recursos narrativos en los que la vida interior de los personajes es determinante para conseguir los efectos psicológicos gracias al uso de imágenes, metáforas y símbolos más cercanos a la poesía que a la narrativa. Todo la narración de cada una de sus obras se haya impregnada de la exposición de las emociones, ideas y sentimientos de los personajes que expresan, a través de un continuo monólogo interior que les concede tanto a los seres que habitan en esas obras como a las circunstancias normales y cotidianas, un matiz singular  que los convierte a unos y otras en seres y sucesos extraordinarios.
Ese interés proustiano por el tiempo y su devenir que tanto la influencia, se aprecia en la obra La señora Dalloway que transcurre en un lapso de tiempo de doce horas que se manifiesta en los continuos cambios que se van produciendo en el interior de los personajes y en su percepción que tienen ellos mismos, de quienes los rodean, y de su propios y personales mundos multifacéticos.
Las siguientes obras  ofrecen un estilo más afianzado y personal como son Las olas (1931) que es la que ofrece un estilo más sutil y depurado y presenta los continuos cambios en la vida interior de seis personajes, al igual que los flujos y reflujos del oleaje se producen esas oleadas preconscientes en la conciencia de aquellos, que van expresando en un lenguaje que nada tiene que ver con el tradicional y lógico de obras más convencionales, y de ahí su título;  y Orlando (1928) que está inspirada en la vida de su amiga Vita Sckville-West, también escritora, en la que la historia está aureolada de fantasía y su protagonista vive cinco siglos de la historia inglesa, pero, a su vez, es un agudo análisis del sexo, la identidad y la creatividad.
En su obra se advierte la desaparición  del argumento, la acción y la correspondiente intriga en el desarrollo de la trama, por lo que sus narraciones se basan y justifican en el deseo de mostrar la vida anímica, psicológica y mental de los personajes, en un continuo cambio que provoca la  inquieta vida interior y la siempre inaprehensible conciencia.
Se advierte en su narrativa una fuerte influencia del filósofo francés Henri Bergson, así como del escritor francés Marcel Proust, como se dice anteriormente, que la inclinó hacia profundizar en la idea del tiempo y sus múltiples vericuetos, así como de su propio marido, Leonard Woolf.
            Virginia Woolf no sólo escribió obras de narrativa, sino también biografías: una desenfadada narración de la vida de los Browning, cuyo narrador es su perro (Flush); y, otra, sobre el crítico Robert Fry (Fry). Además, escribió ensayos y en estos mostraba su preocupación por la condición femenina y el necesario apoyo social para construir y afianzar la identidad de la mujer, además de defender la aportación de la mujer escritora en su obra Una habitación propia (1929).
            Otros elementos valiosísimos para poder llegar a conocer a esta escritora son su correspondencia y diarios que fueron publicados después de su trágica muerte y que sirven de objeto de estudios tanto para los estudiosos de su obra como para los lectores que deseen conocer mejor la subyugante personalidad de esta escritora.
            Además de su obra de narrativa, ensayística y biográfica, fue una respetada crítica literaria. Fue una constante defensora de la condición femenina y las relaciones de la mujer con el arte y la literatura, tema que fue motivo de reflexión en algunos de sus ensayos, entre los que destaca, por la importancia que tuvo después para los movimientos feministas, Una habitación propia (1932) antes citado. También su obra de narrativa estuvo inspirada en el tema de la identidad femenina como es el caso de la enigmática obra Orlando (1928), en la que la condición masculina y femenina se confunden en la figura del noble protagonista que posee el extraño poder de transformarse en mujer a su voluntad y volver a su condición masculina según su deseo.
            Algunas de sus obras han sido llevadas al cine y su propia vida también protagonizada por Elizabeth Taylor y Richard Burton, en la que se ofrece la tormentosa relación del matrimonio Woolf, que no parece reflejar la realidad vivida por Virginia y su marido, sobre todo después de leer su correspondencia y la carta que dejó explicando su deseo de morir.
            El 29 de marzo de 1941, en plena crisis de la enfermedad mental que padecía desde hacía años, quizás manifestada a raíz de la prematura muerte de su madre cuando Virginia sólo tenía trece años, y por la que había sido ingresada en varias ocasiones a lo largo de su vida, salió de su casa de campo y desapareció hasta que fue encontrado su cadáver , días después, en el río Ouse en el que había muerto ahogada en un deseo de acabar con su vida, tal como dejo escrito en unas cartas dirigidas a su marido y a su hermana, explicando los motivos. No era la primera vez que lo había intentado, pues días antes había regresado a su casa con la ropa mojada y  con la excusa de que había caído en el río accidentalmente. Ese día, quizás, no tuvo valor para llevar a cabo su letal propósito que consumó días después.
            El motivo de su suicidio está explicado en su carta de despedida a su marido con el que no tuvo hijos por decisión de la pareja ante los problemas mentales de la escritora diagnosticada como bipolar. Su carta es expresiva y clarificadora al respecto, pero es mejor que la escritora lo explique:
            Querido:
Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.
V."
Su trastorno mental que se manifestó desde la muerte de su padre, el incesto del que fue víctima por parte de uno de sus hermanastros, su propia condición de mujer en una época en la que ésta estaba irremediablemente  relegado a su función de ama de casa y madre de familia sin ninguna proyección social ni intelectual, a pesar del triunfo y del éxito del que Virginia Woolf disfrutó pese a no haber podido asistir a la Universidad, porque esa oportunidad se la dieron a sus hermanos varones, pero ni ella ni su hermana recibieron estudios universitarios; además de una latente homosexualidad nunca confesada por la escritora, pero la que parece ser la explicación de su amistad íntima y sensual con la escritora Vita Sckville-West que, aunque nunca fue demostrada, hay indicios de que tuvo un carácter mucho más sentimental y sexual del que la mera amistad entre mujeres puede hacer pensar, como así reconoció un hijo de Vita que afirmaba que su madre y Virginia Woolf fueron amantes.
Todos estos elementos fueron determinantes para que una mujer que gozaba del triunfo, del reconocimiento de la crítica y del público y de una desahogada posición social y económica, la llevaran hasta el punto en el que no podía seguir viviendo porque se consideraba un lastre para su marido a quien, a pesar del amor que le confesaba, llegó a agredir físicamente en algunas de sus crisis nerviosas. Todo esto la llevó hasta la muerte voluntariamente, porque en ella podría encontrar la paz y el descanso que le eran negados en una vida en la que, a pesar del oropel que la rodeaba, se sentía sólo una mujer en un mundo de hombres como una figura delicada y frágil, inmersa en una sociedad cuyos valores estéticos y morales le parecían obsoletos y hechos sólo para el disfrute de los varones a costa de la renuncia a la realización intelectual y personal de toda mujer que, a pesar del reconocimiento del extraordinario talento que Virginia Woolf tenía, y por eso mismo, era consciente de que tenía unos raros  privilegios que disfrutaba y que le eran negados a la inmensa mayoría  silenciosa de las mujeres a las que quería dar voz en la lucha por su propia identidad femenina que la convirtió en una adalid del movimiento feminista y a formar parte del parnaso de los escritores más importantes del siglo XX.

Véase.:
Virginia Woolf: la vida por escrito, Irene Chikiar Bauer, Taurus, 2015  (La mejor biografía de esta autora, escrita en español y la más completa. De Imprescindible lectura).
“Virginia Woolf, una biografía corta” , Nigel Nicolson (Ed. Mondadori).
“Virginia Woolf, una biografía”, Quentin Bell (Ed. Lumen).
  

domingo, 23 de agosto de 2015

Josefina Aldecoa

Josefina aldecoa


Escritora y pedagoga encuadrada en la Generación de los 50, de la que es una de las relevantes representantes, nacido el 8 de marzo de 1926, en La robla (León), en una familia de gran tradición en el magisterio, ya que su madre y abuela eran maestras, y ambas influenciadas por la ideología del Instituto Libre de Enseñanza, institución pedagógica que surgió a finales del siglo XIX, con la finalidad de renovar la educación que se impartía en España, haciéndola más acorde con las ideas del krassismo.



Esta escritora vivió en en León, siendo participante del grupo literario que creo la revista de poesía “Espadaña”. Posteriormente, se trasladó a Madrid, en 1944, ciudad en la que cursó la carrera de Filosofía y Letras, y se doctoró en Pedagogía por la Universidad de Madrid sobre la relación infantil con el arte, tesis que más tarde publicaría con el título El arte del niño (1960), además de tomar contacto en la Universidad con escritores como Alfonso Sastre, Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio o Ignacio Aldecoa, con quien se casaría en 1952 y a partir del momento en el que enviudó adoptó su apellido.



Fue traductora para la Revista Española, dirigida por Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio y Alfonso Sastre, del primer cuento publicado en España de Truman Capote.



Su actividad literaria la simultaneó con la docencia en un colegio, Estilo, que fundó ella misma en 1959., en el que aplicó sus ideas educativas, sin que la religión formara parte de la idea educativa, que había tomado de sus experiencias en Inglaterra y Estados Unidos, y en el krausismo que era, como ya se ha dicho, la base ideológica de la Institución Libre de Enseñanza.



Publicó, en 1961, una colección de narraciones cortas con el título de A ninguna parte, y novelas como Los niños de la guerra (1983), La enredadera (1984), Porque éramos jóvenes (1986) o El vergel (1988). En 1990 comenzó una trilogía que ofrece un extenso contenido autobiográfico con la novela Historia de una maestra (1990), título al que siguieron Mujeres de negro (1994) y La fuerza del destino (1997) en un intento de dar respuesta al discurso político existente durante los años que siguieron a la dictadura, acerca de la forma en la que se podría encauzar el sistema educativo, por nono considerarlo lo suficientemente laico.



Al ensayo Confesiones de una abuela, obra en la que expone y analiza la relación con su nieto, le siguieron Fiebre (2000), antología de cuentos escritos entre la década de 1950 y la de 1990. Después, en 2002, publicó El enigma, una novela cuya trama narra un desengaño amoroso y, en 2004, publicó el libro de memorias En la distancia.



Tras el fallecimiento de su marido, Ignacio Aldecoa, en 1969, Josefina permaneció diez años sin publicar ni escribir, dedicándose por completo a la docencia. Fue en 1981 cuando editó una edición crítica de una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa, lo que le animó a seguir con su labor de escritora, publicando Los niños de la guerra, en 1983. A esa obra le siguieron La enredadera (1984), Porque éramos jóvenes (1986) o El vergel (1988). Posteriormente, La casa gris, en 2005 y Hermanas, en 2008, que fue su última obra publicada.


En esa década recibió innumerables premios y reconocimientos como son: Premio de Castilla y León de las Letras (2003),Gran Cruz Alfonso X El Sabio (2004),Premio de Castilla y León de las Letras (2004),Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (2005),VII Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras (2005),
Medalla de Oro de las Bellas Artes (2006),Premio Internacional de Letras. Fundación Gabarrón (2006)



Falleció el 16 de marzo de 2011 en Mazcuerras (Cantabria).

Bibliografía y premios de Josefina Aldecoa

Josefina aldecoa
BIBLIOGRAFÍA

El arte del niño (1960)
A ninguna parte (1961)
Los niños de la guerra (1983)
La enredadera (1984)
Porque éramos jóvenes (1986)
El vergel (1988)
Cuento para Susana (1988)
Historia de una maestra (1990)
Mujeres de negro (1994)
Ignacio Aldecoa en su paraíso (1996)
Madres e hijas. (1996)
La fuerza del destino (1997)
Confesiones de una abuela (1998)
Pinko y su perro (1998)
Cuentos de fútbol II. Jorge Valdano (Ed.) (1998)
Mujeres al alba (1999)
El desafío (2000), cuento en Cuentos solidarios 2.
Fiebre (2001)
La educación de nuestros hijos (2001)
El enigma (2002)
En la distancia (2004)
La casa gris (2005)
Hermanas (2008)


PREMIOS

Premio de Castilla y León de las Letras (2003)
Gran Cruz Alfonso X El Sabio (2004)
Premio de Castilla y León de las Letras (2004)
Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (2005)
VII Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras (2005)
Medalla de Oro de las Bellas Artes (2006)
Premio Internacional de Letras. Fundación Gabarrón (2006)


ENLACES
http://www.publico.es/espana/367019/el-refugio-de-josefina-aldecoa



En recuerdo de nuestra historia

JOSEFINA ALDECOA  (El País 31/10/2002)                               

Josefina Aldecoa
Le conocí cuando éramos jóvenes. En los años 50 la generación a la que pertenecemos soportaba lo peor de la dictadura franquista. Sin embargo, él siempre fue una persona que luchó por defender sus ideas. En esa época nos veíamos con mucha frecuencia; era íntimo amigo de Ignacio, mi marido, e incluso intentó rodar una novela suya, Parte de una historia, en la isla Graciosa, pero tuvo que dejarlo por falta de presupuesto. Éramos vecinos, vivíamos en la calle Cea Bermúdez, y sus hijos fueron de los primeros alumnos en acudir al Colegio Estilo, que yo fundé en 1959. Creo que entonces iniciamos esa amistad de jóvenes que siempre permanece, aunque cada vez nos viéramos menos porque cada uno vive encerrado en su rincón. La última vez que coincidimos fue hace unos meses, en el entierro de Carlos Berlanga, y todo fue tan conmovedor que me cuesta hablar de ello.
Bardem y Berlanga, que entonces eran amigos inseparables, rodaron las películas más importantes del cine español de los años cincuenta. Su cine ha marcado una época. En esas décadas, Bardem era el gran triunfador del cine español en Europa y era tan respetado por su trabajo como querido por su carácter. Era brillante, enérgico y vital. La militancia política, a la que nunca renunció, influyó también en su trabajo cinematográfico, pero fue una de las pocas personas que luchaba contra una realidad social terrible y nunca, ni en los peores momentos, ocultó sus ideas. Con el paso del tiempo el cine ha ido cambiando y su estrella nunca brilló igual, pero sólo puedo hablar de él como de un verdadero amigo, uno de tantos que van desapareciendo. Cuando se llega a mi edad es muy triste enterarse de la muerte de un ser querido. Los que éramos jóvenes en los cincuenta somos una generación muy machacada, nos tocó vivir un momento histórico muy duro, pero se luchaba. Recordar ahora el pasado sólo añade nuevas tristezas. Lamento no poder estar en Madrid para estar con María, su mujer, y sus hijos en este momento.


Ignacio Aldecoa, el tiempo inmóvil

 (El País 16/11/1999

Josefina aldecoa
Un amigo me dijo un día: "¿Te das cuenta de que Ignacio no envejece nunca?". Lo dijo con melancolía, contemplando una hermosa fotografía de Carles Fontseré, con un fondo de rascacielos neoyorquinos. Una foto en la que Ignacio sonríe frente a mi mesa de trabajo. "Día a día, nosotros envejecemos. Él no". Y era cierto. Ignacio se ha quedado detenido en el tiempo del retrato con su sonrisa joven, su mirada joven, las manos en los bolsillos, la frente alzada a un viento de esperanzas y promesas.En un poema juvenil, Ignacio nos advertía:
"La angustia de los ácidos retratos, / membrillos en el polvo de los años, / vierte por la consola un débil rayo / de momentos robados.
Una vida nos brinda su noticia / en unos ojos secos contenida / y el arco estrangulado de la risa / su alma arrugada fija".
Hoy se cumplen 30 años desde aquel día en que la juventud de Ignacio se detuvo para siempre. En nuestro país y en el mundo entero han cambiado muchas cosas en estos 30 años. Pero la obra de Ignacio Aldecoa permanece intacta, con la misma belleza y lozanía, con el mismo vigor que el día que fue escrita. Y en muchos aspectos, con mayor valor porque a sus méritos literarios se ha añadido uno más: el testimonio que se deriva de sus personajes y de las situaciones por las que atraviesan.
Ignacio mira a su alrededor y, dotado de una sensibilidad literaria estremecedora, transcribe para nosotros la amargura y la soledad, la desesperación y la rabia de un ser humano que se ve arrojado a la existencia y condenado a vivirla sin remedio. Como todo auténtico escritor, Aldecoa percibe y penetra profundamente la inevitable melancolía del hombre destinado sin remedio a la muerte. Más allá de la situación social que elige para sus personajes, por encima del tiempo que al escritor y a esos personajes les ha tocado vivir, late la otra verdad, la intemporal, la pregunta que acongoja al Homo sapiens desde que balbucea sus primeros descubrimientos lúcidos: ¿por qué y para qué estoy sobre la Tierra?
Por eso es también reveladora su respuesta cuando, meses antes de morir, le preguntan a Ignacio en una entrevista: "¿Contra qué escribirías?" Y él contesta: "Contra la injusticia. Contra lo que escribo". E inmediatamente pasa sobre el momento social que está viviendo para añadir: "Pero mi preocupación es más amplia: la brevedad de la existencia, la humanidad, la medida del hombre frente a la naturaleza".
Han pasado 30 años. Personalmente, los he vivido inmersa en la misma fascinación que la personalidad de Ignacio me producía durante el tiempo que vivimos juntos. He vivido estos 30 años apoyada en el recuerdo de Ignacio y he alimentado este recuerdo con los recuerdos de los otros, los de su sangre y sus amigos, sus compañeros, todos los que le conocieron.
Esta ligazón, esta presencia permanente del hombre que fue Ignacio Aldecoa en la nostalgia, la evocación y la soledad de los que le amamos durará mientras duren nuestras vidas. Pero cuando los depositarios de los recuerdos directos nos hayamos ido, quedará su obra y siempre habrá un hombre que al leerla descrifre su mensaje de solidaridad y esperanza. Esta comunicación milagrosa es la forma más sofisticada de relación interpersonal. Ésa es la grandeza de la literatura.
Han transcurrido 30 años. "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". El tiempo sí ha pasado sobre nuestros cuerpos, nuestros movimientos, nuestros gestos. El tiempo desgasta y lima y destruye. Sólo la sonrisa de Ignacio Aldecoa permanece en su retrato, inmóvil en el tiempo.


miércoles, 1 de abril de 2015

Soledad Púertolas


Ana Alejandre



Soledad Puértolas, escritora
            Novelista y periodista española,. Toda su obra presenta la creación de personajes que tienen en común estar fuertemente "marcados por la melancolía de de lo inaccesible", que permanecen sumidos en una red de araña tejida con varias realidades fragmentarias. Además, es notable su capacidad creativa de atmósferas literarias, siempre rodeados por la incertidumbre y el misterio.

            Nacida en 1947, en Zaragoza Se traslada junto a su familia a Madrid cuando tenía 14 años. En esta ciudad comienza estudios de Ciencias Políticas pero abandona dicha carrera a consecuencia de un expediente por haber asistido a una manifestación. Más tarde, cursó Periodismo en la Escuela de la Iglesia y fue redactora de la revista España Económica de 1968 a 1970. Una vez casada, se trasladó junto  a su marido a Noruega y, posteriormente, a California (EE.UU.), país en el que estudió Lengua y Literatura española y portuguesa en la Universidad de California. Regresó a Madrid, en 1975, y se dedicó plenamente a la literatura. Fue asesora del Ministerio de Cultura, cuando era ministro Javier Solana, y coordinó el Área de Lengua Castellana para la Difusión del Español en el mundo. Fue directora de la  editorial Destino y el éxito como escritora le llegó en la década de los 80.

           Sus primera obra publicada fue la novela corta El bandido doblemente  armado el Premio Sésamo de novela corta en 1979. A esa novela le siguieron otros títulos  como la colección de relatos titulada Una enfermedad moral (1982). Burdeos (1986)  obra que ponía de manifiesto su capacidad narrativa original  y atrayente para el lector, pues deja de lado el objetivismo de sus anteriores obras, para experimentar en un estilo más intimista pleno de inquietudes y dudas existenciales. En este estilo novedoso escribió Todos mienten (1988), que narra la historia de una familia de la burguesía española y Queda la noche (Premio Planeta 1989), historia narrada en una mezcla de lo real y lo imaginario por lo que se mezclan elementos cotidianos con otros insólitos.

           Es autora también de literatura juvenil con títulos como La sombra de una noche y El recorrido de los animales,  y también ha escrito ensayo, con títulos como La vida oculta (Premio Anagrama de ensayo 1993), que ofrece una serie de reflexiones sobre el oficio de escribir. Sus últimas obras publicadas son: Días del Arenal (1992),  selección de historias  amorosas en la España de la década de los 50; La corriente del golfo (1993); Si al atardecer llegara el mensajero (1995), en la que trata del enigma de la existencia que gira sobre el eje central de Dios como referente; Recuerdos de otra persona (1996); Gente que vino a mi boda (1998), conjunto de relatos y recuerdos, casi novelas breves; La rosa de plata (1999); Con mi madre (2001); e Historia de un abrigo (2005).

          En 2010 fue nombrada académica de la Real Academia de la Lengua, convirtiéndose así en la quinta mujer que ya es miembro de dicha docta casa.

       Como se ha dicho anteriormente, el estilo de Soledad Puértolas manifiesta una continua preocupación por indagar en lo más íntimo de la psique humana, siempre en constante búsqueda del sentido último de la vida y sus muchos misterios insondables, en cuya demanda de respuestas Puértolas encuentra  un constante motivo de inspiración que plasma en toda su narrativa.

Bibliografía de Soledad Puértolas

Soledad Púertolas
BIBLIOGRAFÍA

 Novela:
 Burdeos. 1986
Todos mienten.  1988.
Queda la noche. 1989.
Días del Arenal.  1992.
Si al atardecer llegara el mensajero.  1995.
Una vida inesperada.  1997.
La señora Berg.  1999.
La rosa de plata. 1999.
Historia de un abrigo.  2005
Mi amor en vano.  2012
Relato:
El recorrido de los animales.  1975
El bandido doblemente armado.  1980.
Una enfermedad moral.  1982.
A través de las ondas.  1982
La sombra de una noche.1986
La corriente del golfo. B1993.
La hija predilecta. 1996
Gente que vino a mi boda. 1998.
El cuarto secreto.  1998
El inventor del tetrabrik.  1998
Un poeta en la piscina. 1999
La carta desde el refugio.  1999
Adiós a las novias.  2000
Con mi madre. 2001
Pisando jardines.  2002
Ausencia.  2005

Periodismo y ensayo:
El Madrid de "La lucha por la vida".  1971.
La vida oculta.  1993.
La vida se mueve.  1995.
Recuerdos de otra persona.  1996.
Rosa Chacel. 1997

PREMIOS

Premio Sésamo en 1979 con El bandido doblemente armado
Premio Planeta 1989 con Queda la noche
Premio Anagrama de Ensayo 1993 con La vida oculta.
Premio NH en el 2000 del mejor libro de relatos con Adiós a las novias.
Premio Glauka 2001 en reconocimiento a su obra literaria y a su trayectoria intelectual y personal en el ámbito de la cultura.
Premio de las Letras Aragonesas 2003


ENLACES


El paso del tiempo (artículo)

Soledad Puértolas

(El País 3/07/99)

Un título muy ambicioso, muy genérico, lo sé. Lo abarca todo. La vida es tiempo. Quisiera, sin embargo, centrarme en algo bastante concreto, ese ansia de restauración, de devolver a los edificios de importancia el color y la hechura originales, que se ha apoderado de muchos Ayuntamientos y que financian los ciudadanos. No digo que en algunos casos no sea loable, y desde luego algunos de estos edificios han quedado magníficos. Indudablemente, hubiera sido una pena que se nos hubiesen venido abajo, desaparecida parte de nuestra historia y de nuestros tesoros. Pero otras veces la restauración no parece tan clara. Para lo mucho que cuesta, y habiendo en realidad tantos asuntos esenciales por resolver, me parece sencillamente un despilfarro, una monumental falta de criterio.

Uno de los casos más espectaculares de toda esta afanosa corriente de conservación es el de las estatuas de la catedral de Burgos, que ya ha levantado, por lo que llevo leído en los periódicos, una polémica en la ciudad. No alcanza a mi entendimiento esta obstinación por detener como sea el deterioro de unas figuras que fueron concebidas para vivir al aire libre, como todas y cada una de las venerables piedras que forman la catedral. Puestos así, ¿por qué no se construye una gigantesca jaula de metacrilato -material que causa tanto furor- y se encierra en ella a la catedral entera y se la salva del todo del proceso amenazante de disolución, se la libra de los peligros que el paso del tiempo, de forma inexorable, representa?

Verdaderamente, no tiene, a mis ojos, ningún sentido, encerrar a las estatuas ya deterioradas en el interior de un museo, porque ni fueron concebidas para eso ni, en realidad, nadie las contemplará mucho, porque por los museos, la mayoría de las personas pasa muy deprisa. Y algunas veces, con razón, porque creo que es demasiado lo que se expone en los museos como para poder ser contemplado con calma y detenimiento. Y mucho menos sentido tiene la sustitución de esas estatuas originales por otras de material indestructible, llámesele plástico o lo que sea. Si la catedral no es indestructible, ¿por qué habrían de serlo estas estatuas?, ¿es que tienen más valor que toda la catedral? Si al cabo de los siglos, la catedral de Burgos se reduce a polvo -ese polvo que todos seremos-, allí quedarán, sobre el polvo, intactas, las estatuas de plástico como muestra de nuestro sueño de eternidad. Ellas serán el símbolo de nuestros sueños. Irremediablemente, acuden a mí los versos de Quevedo: "!Oh, Roma, en tu grandeza, en tu hermosura,/ huyó lo que era firme y solamente/ lo fugitivo permanece y dura". El río Tíber, el fluir de la vida.

Hay batallas contra el tiempo que son perfectamente inútiles, incluso me atrevería a calificarlas de perversas. No porque no consigan nada, que eso ocurre en muchas batallas, que no se remedia la enfermedad, sino porque crean una falsa ilusión que a la larga -o no tan a la larga- puede resultar nefasta. Muchas operaciones de cirugía estética entran en esta categoría. Se diría que esta sociedad se ha empeñado en meternos en la cabeza que es un deber sagrado estar en lucha continua contra el paso del tiempo, que las fachadas de los edificios deben ser blancas y relucientes, más blancas y relucientes cuantos más años o siglos tengan, porque envejecer es una desfachatez, una ofensa en este mundo donde el gran valor es la eterna juventud y donde las personas mayores tienen cada vez menos espacio y menos funciones. Ser joven o morir, parece ser la opción.

Otro ejemplo bastante espectacular del extremo intento de recuperar el pasado son las excavaciones que en la madrileña plaza de Ramales se están haciendo con el fin de dar con los restos de los huesos de Velázquez, enterrado, al parecer, en una vieja iglesia hoy desaparecida. Otra vez me pregunto si el dinero que los ciudadanos dan al Estado, en este caso al Ayuntamiento, para que los gobernantes les mejoren la vida no estaría muchísimo mejor empleado en asuntos que les incumben bastante más. La sanidad y la educación, sin ir más lejos. No creo que para mi admirado Velázquez represente un honor que vayan por ahí con palas y excavadoras en busca del polvo de sus huesos. Porque los huesos no son sino polvo, y si acaso fueran "polvo enamorado" -otra vez Quevedo- no son los mausoleos ni las placas conmemorativas los que le dan el adjetivo. El "polvo enamorado" es polvo, y por eso es tan bella la frase.

El "polvo enamorado" de Velázquez está en el aire que casi se puede palpar en sus cuadros. En la luz que, de izquierda a derecha, cae sobre el misterio de Las meninas flotan minúsculas partículas de polvo enamorado, y eso es lo que hace que nuestros pasos se detengan una y otra vez frente al cuadro para preguntarnos qué vemos realmente en él, para mirar a los ojos remotos de Diego Velázquez que, desde el fondo de la sala, en el umbral de la puerta, nos mira y nos ofrece lo que hasta ese momento nunca se nos había ofrecido: la sencillez convertida en enigma. También se restauró este cuadro, es verdad, y el tono rosado que la pátina del tiempo había dejado en él dio lugar, tras la limpieza, a un azul transparente. También esta restauración creó cierta polémica. Yo lo prefiero así, con la luz levemente azulada. No estoy radicalmente en contra de toda restauración.

Pero, ¿para qué queremos los restos de Velázquez, el polvo de sus huesos, si ya tenemos ése: el polvo enamorado de sus cuadros?, ¿en qué descabellado malentendido vivimos?, ¿por qué no nos rebelamos? Al fin y al cabo, todo esto se hace con nuestro dinero y no estamos precisamente a salvo de carencias y necesidades. Pero las autoridades quieren lápidas conmemorativas de mármol bien pulido, quieren mausoleos, edificios blancos. Ésa es la engañosa luz que nos ofrecen los depositarios de nuestra confianza. Y nosotros asentimos, o no decimos nada, porque lo que las autoridades nos ofrecen encaja perfectamente con lo que oímos aquí y allá, con los valores que respiramos. Es inaceptable el paso del tiempo, neguémoslo con convicción, cueste lo que cueste. Pero el tiempo pasa, lo queramos o no, y es mejor saberlo, es mejor vivirlo, el tiempo pasa, y está bien que pase, porque, si no pasara, alcanzaríamos la muerte antes de tiempo, nos quedaríamos congelados antes de morir.