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miércoles, 1 de abril de 2015

El paso del tiempo (artículo)

Soledad Puértolas

(El País 3/07/99)

Un título muy ambicioso, muy genérico, lo sé. Lo abarca todo. La vida es tiempo. Quisiera, sin embargo, centrarme en algo bastante concreto, ese ansia de restauración, de devolver a los edificios de importancia el color y la hechura originales, que se ha apoderado de muchos Ayuntamientos y que financian los ciudadanos. No digo que en algunos casos no sea loable, y desde luego algunos de estos edificios han quedado magníficos. Indudablemente, hubiera sido una pena que se nos hubiesen venido abajo, desaparecida parte de nuestra historia y de nuestros tesoros. Pero otras veces la restauración no parece tan clara. Para lo mucho que cuesta, y habiendo en realidad tantos asuntos esenciales por resolver, me parece sencillamente un despilfarro, una monumental falta de criterio.

Uno de los casos más espectaculares de toda esta afanosa corriente de conservación es el de las estatuas de la catedral de Burgos, que ya ha levantado, por lo que llevo leído en los periódicos, una polémica en la ciudad. No alcanza a mi entendimiento esta obstinación por detener como sea el deterioro de unas figuras que fueron concebidas para vivir al aire libre, como todas y cada una de las venerables piedras que forman la catedral. Puestos así, ¿por qué no se construye una gigantesca jaula de metacrilato -material que causa tanto furor- y se encierra en ella a la catedral entera y se la salva del todo del proceso amenazante de disolución, se la libra de los peligros que el paso del tiempo, de forma inexorable, representa?

Verdaderamente, no tiene, a mis ojos, ningún sentido, encerrar a las estatuas ya deterioradas en el interior de un museo, porque ni fueron concebidas para eso ni, en realidad, nadie las contemplará mucho, porque por los museos, la mayoría de las personas pasa muy deprisa. Y algunas veces, con razón, porque creo que es demasiado lo que se expone en los museos como para poder ser contemplado con calma y detenimiento. Y mucho menos sentido tiene la sustitución de esas estatuas originales por otras de material indestructible, llámesele plástico o lo que sea. Si la catedral no es indestructible, ¿por qué habrían de serlo estas estatuas?, ¿es que tienen más valor que toda la catedral? Si al cabo de los siglos, la catedral de Burgos se reduce a polvo -ese polvo que todos seremos-, allí quedarán, sobre el polvo, intactas, las estatuas de plástico como muestra de nuestro sueño de eternidad. Ellas serán el símbolo de nuestros sueños. Irremediablemente, acuden a mí los versos de Quevedo: "!Oh, Roma, en tu grandeza, en tu hermosura,/ huyó lo que era firme y solamente/ lo fugitivo permanece y dura". El río Tíber, el fluir de la vida.

Hay batallas contra el tiempo que son perfectamente inútiles, incluso me atrevería a calificarlas de perversas. No porque no consigan nada, que eso ocurre en muchas batallas, que no se remedia la enfermedad, sino porque crean una falsa ilusión que a la larga -o no tan a la larga- puede resultar nefasta. Muchas operaciones de cirugía estética entran en esta categoría. Se diría que esta sociedad se ha empeñado en meternos en la cabeza que es un deber sagrado estar en lucha continua contra el paso del tiempo, que las fachadas de los edificios deben ser blancas y relucientes, más blancas y relucientes cuantos más años o siglos tengan, porque envejecer es una desfachatez, una ofensa en este mundo donde el gran valor es la eterna juventud y donde las personas mayores tienen cada vez menos espacio y menos funciones. Ser joven o morir, parece ser la opción.

Otro ejemplo bastante espectacular del extremo intento de recuperar el pasado son las excavaciones que en la madrileña plaza de Ramales se están haciendo con el fin de dar con los restos de los huesos de Velázquez, enterrado, al parecer, en una vieja iglesia hoy desaparecida. Otra vez me pregunto si el dinero que los ciudadanos dan al Estado, en este caso al Ayuntamiento, para que los gobernantes les mejoren la vida no estaría muchísimo mejor empleado en asuntos que les incumben bastante más. La sanidad y la educación, sin ir más lejos. No creo que para mi admirado Velázquez represente un honor que vayan por ahí con palas y excavadoras en busca del polvo de sus huesos. Porque los huesos no son sino polvo, y si acaso fueran "polvo enamorado" -otra vez Quevedo- no son los mausoleos ni las placas conmemorativas los que le dan el adjetivo. El "polvo enamorado" es polvo, y por eso es tan bella la frase.

El "polvo enamorado" de Velázquez está en el aire que casi se puede palpar en sus cuadros. En la luz que, de izquierda a derecha, cae sobre el misterio de Las meninas flotan minúsculas partículas de polvo enamorado, y eso es lo que hace que nuestros pasos se detengan una y otra vez frente al cuadro para preguntarnos qué vemos realmente en él, para mirar a los ojos remotos de Diego Velázquez que, desde el fondo de la sala, en el umbral de la puerta, nos mira y nos ofrece lo que hasta ese momento nunca se nos había ofrecido: la sencillez convertida en enigma. También se restauró este cuadro, es verdad, y el tono rosado que la pátina del tiempo había dejado en él dio lugar, tras la limpieza, a un azul transparente. También esta restauración creó cierta polémica. Yo lo prefiero así, con la luz levemente azulada. No estoy radicalmente en contra de toda restauración.

Pero, ¿para qué queremos los restos de Velázquez, el polvo de sus huesos, si ya tenemos ése: el polvo enamorado de sus cuadros?, ¿en qué descabellado malentendido vivimos?, ¿por qué no nos rebelamos? Al fin y al cabo, todo esto se hace con nuestro dinero y no estamos precisamente a salvo de carencias y necesidades. Pero las autoridades quieren lápidas conmemorativas de mármol bien pulido, quieren mausoleos, edificios blancos. Ésa es la engañosa luz que nos ofrecen los depositarios de nuestra confianza. Y nosotros asentimos, o no decimos nada, porque lo que las autoridades nos ofrecen encaja perfectamente con lo que oímos aquí y allá, con los valores que respiramos. Es inaceptable el paso del tiempo, neguémoslo con convicción, cueste lo que cueste. Pero el tiempo pasa, lo queramos o no, y es mejor saberlo, es mejor vivirlo, el tiempo pasa, y está bien que pase, porque, si no pasara, alcanzaríamos la muerte antes de tiempo, nos quedaríamos congelados antes de morir.


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