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jueves, 13 de octubre de 2016

CLARA JANÉS

por Ana Alejandre                                                                                          
Clara Janés
Clara Janés Nadal, su nombre completo, poeta y traductora de diversos idiomas centro-europeos y orientales, nació en Barcelona el 6 de noviembre de 1940. Su padre fue el famoso editor y poeta Josep Janés i Olivé.
Desde muy niña se sintió atraída por la poesía a raíz de haber leído las poesías de Santa Teresa de Jesús. Comenzó la carrera de Filosfía y Letras en la Universidad de Barcelona, donde fue alumna de José Manuel Blecua que imparte la asignatura de literatura y en ella estudió la obra de San Juan de la Cruz y Francisco de Quevedo, además de otros poetas de la literatura clásica española que aumentaron en ella su pasión por la poesía popular.
Cuando tenía veinte años falleció su padre y se trasladó a Pamplona, ciudad en la que finalizó sus estudios universitarios que, después, complementó en la Universidad de la Sorbonne (París) donde estudió la Maítrise en Literatura Comparada. Por el apoyo de Gerardo Diego que  conocía a su madre, publicó su primera obra "Las estrellas vencidas"(1964), año en el que se trasladó a Madrid donde reside desde entonces.
Una de las influencias más notables y definitorias en su obra fue la del autor checo Vladimir Holan, que le impactó al leerlo, pues en él encuentra "el mundo desgarrado que ella pretendía expresar". Su fascinación hacia la obra de este poeta la llevó hasta Praga donde lo llega a conocer y aprendió checo para hablar con él y comenzar a traducirlo.
Interesada por todos los géneros literarios, comenzó a escribir novela, biografía y ensayo y destacó notablemente como traductora, especialmente de lengua checa y de los poetas  de dicha nacionalidad Vladimir Holan y Jaroslav Seifert. Igualmente, ha atraducido a otros autores como Margueritte Duras, Katherine Mansfield, Nathalie Sarraute y William Golding. También, en colaboración con conocedores de otras lenguas, ha traducido a poetas turcos y persas, tanto modernos como místicos antiguos. Por ese motivo, se la considera a esta autora y traductora como una excelente mediadora entre los mundos occidental y oriental.
En su obra se pueden distinguir varias etapas. La primera de ellas es un período en el que Clara Janés ofrece su visión femenina, desde el punto de vista tradicional, mientras intenta llegar hasta el origen de "lo femenino"; pero añadiéndole elementos propios de la existencia como son la angustia, la depresión, la soledad, la insatisfacción profunda y el conflicto inherente a las relaciones humanas. Esta etapa comienza con la publicación de "Las estrellas vencidas". A esta obra le siguen Límite humano (1974), En busca de Cordelia y poemas rumanos (1975), Antología personal 1959-1979 (1979) y Libro de alienaciones (1980).
La segunda etapa, se insinúa pero no se alcanza aún, en su intento de encontrar respuestas a las preguntas que se formula sobre el sentido de la vida, en su poemario "Vivir" (1983), en el que se encuentra su preocupación por adentrarse en el interior del ser humano, único lugar en el que puede encontrarse la paz de espíritu. Sólo se inicia esta segunda etapa en su poemario Eros (1981) en el que se encuentra ya de forma clara y expresa en su poemas el ideario feminista y un evidente erotismo, sensualidad y amor. Aspectos todos estos que se ponen de manifiesto especialmente en su siguiente poemario "Creciente fértil" (1989).
Otras poemarios son Kampa (1986), obra que la sitúa como una de las más importantes exponentes de la poesía amorosa española.  Otros títulos fueron Fósiles (1987), Rosas de fuego y Diván del ópalo de fuego(1996), La indetenible quietud (1998), El libro de los pájaros (1999) y Paralajes (2002). Muchas de sus obras han sido traducidas a más de veinte idiomas.

Por su obra ha obtenido los siguientes premios literarios españoles: Premio Ciudad de Barcelona por "Vivir" (1983), Premio Ciudad de Melilla por "Arcángel de sombra" (1998); Premio de Poesía Gil de Biedma por "Los secretos del bosque" (2002).
A esta autora es difícil catalogarla dentro de un movimiento o corriente literaria concreta de finales del siglo pasado, aunque algunos estudiosos consideran que parte de su obra podría ser encuadrada en el llamado movimiento de los "novísimos", aunque no se la puede incluir en este grupo, ya que posee Clara Janés un lenguaje y estilo propio que la distingue de cualquier grupo o tendencia literaria.

Comenzó a participar, a partir de 1983, en encuentros literarios nacionales e internacionales. Dirige la colección de Poesía de Oriente y del Mediterráneo en la que ha publicado a infinidad de poetas de esas latitudes.

Fue elegida académica de la Lengua y ocupa, desde el 7 de mayo de 2015, el sillón "U" de la Real Academia Española, y pronunció su discurso de ingreso en junio de este año. Dicha plaza estaba vacante desde la muerte de Eduardo García de Enterría que tuvo lugar el 16 de septiembre de 2013. Es la décima mujer elegida miembro de la RAE.
 Ha recibido diversos premios y distinciones, entre los que destaca el Premio Nacional de Traducción, en 1997, por el conjunto de su obra. Además, ha obtenido  Premio de la Fundación Tutav, de Turquía, por su labor de difusión de la poesía turca en España (1992), Medalla del Mérito de Primera categoría de la  Republica Checa por su labor como traductora y difusora de la literatura de dicho país, (2000)  y X Premio Nacional de las Letras «Teresa de Ávila» (2007)

Bibliografía de Clara Janés

OBRAS                                                                                     
Clara Janés
Narrativa:
Desintegración, 1969.
Los caballos del sueño, 1989.
El hombre de Adén, 1991.
Espejismos, 1992.
Espejos de agua, 1997.

Memorias y diarios:
Jardín y laberinto, 1990.
La voz de Ofelia, Madrid, Siruela, 2005.

Ensayo:
La vida callada de Federico Mompou, 1975                                                  
Cartas a Adriana, 1976.
Sendas de Rumania, 1981.
Cirlot, el no mundo y la poesía imaginal, 1996.
La palabra y el secreto, 1999.
Los árboles en las tres culturas (con Mercedes Hidalgo y Pablo Alonso), 2004.
El espejo de la noche. A Vladimir Holan en su centenario, 2005.
La vida callada de Federico Mompou, 2012.
Orbes del sueño, 2013.

PREMIOS

Premio Ciudad de Barcelona 1971
Premio Ciudad de Barcelona de Poesía en 1983
Premio Nacional a la obra de un traductor en 1995
Premio de la Fundación Tutav, de Turquía, 1992
Premio Nacional de Traducción por el conjunto de su obra, 1997
Premio Ciudad de Melilla 1998.
Medalla del Mérito de Primera categoría de la República checa, 2000 
Premio de Jaime Gil de Biedma 2002
Medalla de oro a la Bellas Artes 2005
Premio Nacional de la Letras Teresa de Ávila 2007
XIV Premio Internacional de Poesía Ciudad de Torrevieja 2010
I Premio de Poesía Experimental Francisco Pino, 2011.

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Artículos de Clara Janés

El signo del infinito y la felicidad                                                   
Clara Janés

(El País, 25/3/2006)

Clara Janés

Descubrir el significado de un dibujo puede ser tan apasionante como resolver un caso en una novela de intriga. ¿Qué simbolizan dos serpientes entrelazadas en un gouache hindú? ¿Qué relación hay entre el signo del infinito, el número ocho y la palabra noche? Una pregunta lleva a la otra y una obsesión, a la siguiente. Algunos dicen que el objetivo de la filosofía es conseguir que los seres humanos sean felices. Puede que la sabiduría de los números sirva de ayuda.

Me despierto con una nueva palabra flotando en la mente: "nodulaciones", y es que me dormí con otra: "nodo". ¿Qué ha sucedido en mi cerebro durante las horas del sueño? Recuerdo que la tarde anterior, hablando por teléfono con Pablo Alonso, que ha publicado un libro donde interpreta los 42 signos enigmáticos de la Ventana de la Aparición del santuario de Caravaca de la Cruz, había salido la palabra "nodo". Hace más de un año vino él a mi casa y se fijó de inmediato en una fotocopia que estaba sobre un atril. Casi sin preámbulo me preguntó: "¿Por qué tienes esto aquí?". Era reproducción de un gouachehindú que representaba dos serpientes entrelazadas, según el pie de foto, "en torno a un lingam invisible", con una inscripción mínima en lo alto. Hacía poco, otro amigo me había proporcionado la primera iluminación, conocía el sánscrito y leyó lo escrito: "nagakkal". Y era justamente éste el motivo por el que tenía a la vista aquella imagen.

Me había empeñado en leer yo sola en persa -con un poco de ayuda- un texto del poeta Sohrab Sepehrí titulado La habitación azul, pensando que trataría de su infancia. Y sí, en él habla de los días de su niñez en Kashán y de cómo la familia abandonó determinada habitación de la casa por haber encontrado allí una serpiente. Partiendo de este suceso, se lanza a exponer el simbolismo de dicho animal en distintas civilizaciones, así, por ejemplo, dice que en los cuentos es guardián de un tesoro y, en cambio, para los Erajásignificaba puntería, mientras para los hindúes, fertilidad. Y lo dice usando numerosas palabras para mí desconocidas, como aquella de la inscripción. Luego describe Sepehrí la habitación, cuyo suelo era cuadrado y el techo circular, debido a la bóveda, y prosigue diciendo que el cuadrado representa la tierra y el círculo el cielo; cuenta, entre otras cosas, que, para representar la unión de ambos, los trajes de ceremonia de los emperadores chinos, en su mitad baja eran cuadrados y en la otra redondos, y cómo, también en la China antigua, durante los eclipses, las gentes sucumbían al pánico y parasalvarse se reunían en un lugar formando un cuadrado.

Tenía, pues, a la vista esa imagen y Pablo, sin esperar respuesta, dijo: "Las serpientes entrelazadas son el símbolo de Mercurio, la fuerza genésica, la resurrección del universo, y forman el signo del infinito. Ese signo contiene el ocho, y el ocho y la noche están estrechamente relacionados: son lo enigmático. En muchas lenguas ambas palabras tienen la misma raíz".

Mi cabeza, que actúa a veces de manera inesperada, vio lo que él decía transformado en poema visual y, acto seguido, se llenó del eco de una frase de Wittgenstein: "Sólo se puede escribir -es decir, sin hacer nada necio e improcedente- lo que surge en nosotros en forma de escritura". No se trataba de escritura, pero tan claramente se había formado el pensamiento como imagen que no tardé en poner manos a la obra. Necesité primero situar los signos y figuras que usaría y partí el papel con una línea horizontal y otra vertical pensando quitarlas luego, pero no pude: sin darme cuenta había indicado los puntos cardinales.

Ahora hablábamos del resultado de mi intento y él comentó que el símbolo del infinito se relaciona también con una madeja con un nudo en el centro, un nudo y un nodo. Y siguió con los números: el tres es el alma, el cinco es nupcial, el seis es la exaltación de la materia, el siete es el orden completo: siete colores, siete notas, siete moradas, siete planetas (en la antigüedad)... Y el diez es resumen de las estructuras de todo lo existente, la tetractys pitagórica, es decir, la suma de 1+2+3+4...

Todos estos números los veía yo igualmente en la página y siempre con una relación con los cuatro puntos cardinales, aunque, por cierto, Sepehrí, en aquel texto, habla de siete y hasta de ocho direcciones del espacio. Y yo lo veía además todo dando vueltas. Es natural: cada hombre es el centro de una circunferencia cuyo perímetro es el horizonte. De hecho, siempre se han representado el universo y los cielos de modo circular. Miles de veces hemos visto los zodíacos con todos los signos girando como planetas en torno al sol e, igualmente, los míticos ocho cielos. Y no sólo giran los elementos uranios, sino los laberintos, que simbolizan, además, la caída del hombre y la necesidad de buscar un "centro" para retornar al espacio celeste; y los mandalas que son, precisamente, "composiciones de círculos y cuadrados que se inspiran en cosmogramas", escribe Ignacio Gómez de Liaño.

Sohrab Sepehrí tenía una mente totalizadora y siguió su impulso: de Irán pasó a Japón, donde estudió grabado, vivió en la India, en Francia, viajó a Madrid... Lo mismo puede decirse de Gómez de Liaño, que dio un salto análogo: vivió en Japón y en China y, cuando escribe, hace dar vueltas al conocimiento. En su Breviario de filosofía práctica nos recuerda: "El origen de la iconografía budista se encuentra, como es bien sabido, en el arte grecorromano surgido en la región de Gandara, entre Pakistán y Afganistán, en los siglos I y II".

Cuando me pongo a desayunar me entra el desasosiego: la palabra "nodulación" no deriva de "nodo", y menos de "nudo", del signo del infinito; deriva más bien de "nódulo", que es algo muy distinto: "concreción de poco volumen" (dice el Casares). Su formación en mi mente ha sido fruto de esa "naturaleza vaga, borrosa" de las formas del sentir, de las que también habla el filósofo español, que, por cierto, afirma que el propósito de la filosofía debe ser la felicidad.

Nodo. Nudo. Los pitagóricos evitaban las habas porque "carecen de nudos", dice Aristóteles. También ellos se atrevían a hablar de felicidad. Entre las sentencias orales de los acusmáticos figuran: "¿Qué es lo más sabio? -el número. ¿Qué es lo más bueno? -la felicidad."


La poesía: profesión de fe

(El País, 22/Mar/2014)

Clara Janés

Altos muros del agua, torres altas, / aguas de pronto negras contra nada, /impenetrables, verdes, grises aguas, / aguas de pronto blancas, deslumbradas”. Muchos son los versos de Octavio Paz con una estructura análoga a la de estos. Y si seguimos leyendo el poema, en la tercera estrofa encontramos: “El resonante tigre de las aguas, / las uñas resonantes de cien tigres, / las cien manos del agua, los cien tigres / con una sola mano contra nada”. Este modo, que además de no temer la rima asonante incorpora la repetición de palabras con distintas ubicaciones y pesos, responde en primer lugar la inteligencia y el dominio de quien esto escribe. Octavio Paz, es sabido, aparece como uno de esos manantiales de luz del intelecto que ilumina todas las parcelas del acervo humano. En su poesía hace lo propio a través del mismo hecho poético. Y este se presenta, dice él, en el ritmo, la música, la metáfora, la analogía, la combinatoria... El ritmo es el esqueleto, pero es la plástica del poema lo que más llama la atención en su obra. Las palabras nos dicen algo que está más cerca de nosotros que su sentido, actúan como los colores en un cuadro.

En estas estrofas, de coger un pincel y pintar azul el “agua”, blanca la “nada” y rojo el “tigre”, tendríamos en la primera cuatro manchas azules y una blanca, y en la segunda, tres manchas rojas, dos azules y una blanca. Se diría una obra de Miró, pero también se trata de un trayecto. En la primera hallamos “muros”, “torres” e “impenetrables”, puros obstáculos, y por otro lado “aguas”, “verdes” y “deslumbradas”, que invitan a un fluir. El conjunto entero del poema se presenta como un ámbito cerrado y seductor, un laberinto visual en el que todo se resuelve en la misma contraposición de sus elementos. La maestría de Octavio Paz es esta: atraparnos liberándonos a la vez con su particular modo de empleo de los materiales.

¿Se trata de una cuestión externa? Él mismo nos contesta: “La forma que se ajusta al movimiento / no es prisión, sino piel del pensamiento”.

Hay que adivinar, pues, el pensamiento a través del aspecto y no a través del contenido de la palabra. ¿Cuál es el propósito final? Paz no diría nunca como Cirlot: “Poesía es lo que el mundo no es y no me da”. Tan culto y conocedor del mundo surrealista o esotérico como este, se halla, en cambio, en la posición contraria: será el poeta el que tome del mundo lo que quiera y lo someta a metamorfosis. Gran ensayista y pensador, el mexicano afirma: “Un poema no solo es un objeto verbal, sino que es una profesión de fe”. De hecho es el cuerpo del poema al que él da vida como “artista”, el objeto de su fe, por ello es hasta tal punto completo su logro. Y en el poema se halla el mundo entero.

Si Mallarmé, así lo destaca Paz, veía “la poesía como máscara de la nada”, para él sería más bien "máscara de todo". Con sus libros, llámense Libertad bajo palabra, Árbol adentro, Ladera Este, Blanco o Salamandra nos sitúa ante todas las culturas de todas las épocas, desde las autóctonas mexicanas a las del Japón y de la India o a las vanguardias europeas de la primera mitad del siglo XX, sin evadir siquiera el hilo de sus propios pasos(Pasado en claro) y siempre con esa luz que es proyección del pensamiento sobre el poema de modo que atrae, de inmediato, a los ojos. Él es plenamente consciente de ello pues afirma: “La poesía / como la verdad, se ve”, y también: “La crítica del objeto prepara la resurrección de la obra de arte no como cosa que se posee, sino como presencia que se contempla”.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Esther Tusquets

BIOGRAFÍA

Esther Tusquets, escritora y editora
Esther Tusquets, escritora y editora, nació en Barcelona el 30 de Agosto de 1936. Cursó estudios en el Colegio Alemán. Posteriormente, estudia Filosofía y Letras, especialidad Historia, en las Universidades de Barcelona y Madrid,

Su inicio laboral fue como profesora de literatura e historia durante varios años en una academia. Más tarde, al inicio de los sesenta, continúa con la labor de su padre como Directora de la editorial Lumen, cargo que ocupó durante veinticinco años, hasta  poco antes de su muerte, ejerciendo una gran influencia en el campo literario en los últimos años.

Comenzó a escribir tardíamente, pues comenzó a publicar  en 1978 no aparece su primera novela "El mismo mar de todos los veranos", con la que inicia una trilogía que continúa con "El amor es un juego solitario" (1979) ganadora del Premio Ciudad de Barcelona; trilogía que finaliza con "Varada tras el último naufragio"  (1980).

Posteriormente, publicó Para no volver (1985), Siete miradas en un mismo paisaje (1992), La niña lunática (1996, premio Ciudad de Barcelona 1997),El mismo mar de todos los veranos (1997), Con la miel en los labios (1997).

Su trayectoria en dicha editorial la narró en su obra, "Confesiones de una editora poco mentirosa"  que fue publicada por la editorial, pero ya dirigida por su hija Milena, en 2005. Otras obras posteriores fueron "Habíamos ganado la guerra" (2007) "Confesiones de una vieja dama indigna" (2009) y "Tiempos que fueron" (2012), junto con Oscar Tusquets.

La obra literaria de esta autora se puede definir como una narrativa que tiene dos elementos fundamentales: por una parte, la visión femenina en la temática de sus novelas; por otra, el estilo completamente innovador en su época que se sustenta en  la técnica narrativa utilizada y basada en el uso del lenguaje, por el que, según sus críticos, v desarrollando  la visión o "conciencia femenina",  por la que la trama, escasa en su obra, se va definiendo. únicamente. a través del punto de mira basado en el conocimiento psíquico y sexual de una mujer madura, que va creando un estilo peculiar al que se ha llamado barroco, por la rica creación de imágenes superpuestas; elíptico, en cuando que se aleja del momento narrado hasta otras cuestiones que engarza con el tiempo narrativo, y arabesco por la creación de un entramado que forma las ricas imágenes sugeridas y sugerentes entrelazadas entre sí. Todo ello, a través del lenguaje y el concepto que de este elemento imprescindible en una obra literaria, como vehículo de expresión en el que se basa toda obra escrita, tiene Esther Tusquets que muestra cómo su uso peculiar puede ser, además, un elemento más de la arquitectura narrativa, tanto por la expresión de la idea, como por su disposición y cadencia.

Murió el 23 de julio de 2012.


Bibliografía de Esther Tusquets

BIBLIOGRAFÍA                                                                                             
Esther Tusquets
Novela:
El mismo mar de todos los veranos (1978)
Juego o el hombre que pintaba mariposas (1979)
La conejita Marcela (1979)
El amor es un juego solitario (1979)
Varada tras el último naufragio (1980)
Recuerdo de Safo (1982)
Para no volver (1985)
Libro de Moisés : Biblia I, Pentateuco (1987)
Después de Moisés (1989)
La reina de los gatos (1993)
¡Bingo! (2007)

Autobiografía:
Confesiones de una editora poco mentirosa (2005)
Habíamos ganado la guerra (2007)
Confesiones de una vieja dama indigna (2009)
Tiempos que fueron (2012), junto con Oscar Tusquets

Cuento:
Las sutiles leyes de la simetría (1982)
Siete miradas en un mismo paisaje (1981)
Olivia (1986)
Relatos eróticos (1990)
Carta a la madre (1996)
La niña lunática y otros cuentos (1996)
Con la miel en los labios (1997)
Carta a la madre y cuentos completos (2009)

Ensayos:
Libros "de lujo" para niños (1994)
Ser madre (2000)
Pequeños delitos abominables (2010)



PREMIOS

Premio Ciudad de Barcelona 1979


ENLACES

Nosotras siempre somos más

( El País, 1/11/ 2009)

Esther Tusquets
Esther Tusquets

Desde siempre he sabido que las mujeres tenemos una vida más larga que los hombres. Lo oí desde niña, y también me explicaron que esto se debía a que las mujeres, dado que no trabajábamos (o, por lo menos, no trabajábamos fuera de casa, en profesiones estresantes y de responsabilidad), consumíamos menos energía y nuestro organismo sufría un desgaste mucho menor. Siempre lo di por bueno.

En efecto, si una máquina se utiliza poco, tiene por lo general más duración que si está a tope muchas horas. Vivíamos más porque no dábamos golpe, y lo malo era que, al integrarnos cada vez más en el mundo del trabajo, íbamos a perder una de las pocas ventajas de las que disfrutábamos, íbamos a morir más jóvenes y nuestra longevidad se equipararía a la de los varones.

Han transcurrido muchos años y las cosas no han ido por este camino. Cada vez son más las mujeres que trabajan -incluso en profesiones tan intensas y absorbentes como la política o los altos cargos de las grandes empresas, donde están presentes las dos máximas ambiciones del ser humano de hoy: el poder y el dinero- y es posible que anden estresadísimas, que sobrevivan a base de ansiolíticos y antidepresivos, pero la verdad es que no por ello mueren antes, ni siquiera las deteriora la mala conciencia de que por su culpa no pueda yo seguir citando (mi hermano Óscar, implacable y para mí utilísimo Pepito Grillo, me advirtió que estaba haciendo el ridículo) aquella frase que me gustaba tanto, según la cual el día que mujeres ineptas e incapaces ocuparan cargos de responsabilidad se habría logrado la igualdad entre los sexos.

¡Dios mío, si habremos visto mujeres incompetentes, ignorantes y estúpidas y nefastas ocupando cargos de poder! Y lo habrán hecho muy mal, y desde luego no se ha logrado la paridad con los varones (a partir de ahora puedo decir que la igualdad entre los sexos se habrá empezado a lograr cuando se equiparen los salarios), pero seguimos viviendo más que ellos. Es fácil comprobar que habitamos un mundo lleno de viudas.

Hace muy poco tiempo, unos meses, supe la verdadera razón de que las mujeres fuéramos más longevas. Y resultó ser la opuesta a aquella que yo había aceptado como buena desde niña.

Lo descubrí por casualidad, en una conferencia sobre el cerebro que dio el neurólogo que maneja con extraña sabiduría mi Parkinson (e incluso, y tiene mayor mérito, me controla a mí), Nolasc Acarín. Aunque iba dirigida a profanos, yo me perdí de la misa la mitad. Pero algo quedó claro: el cerebro del hombre no envejece por exceso de uso sino por uso insuficiente. Cuanto más activo esté uno, más probabilidades tiene de llegar a viejo. Y esto cobra especial importancia cuando se empieza a envejecer, cuando al jubilarte tienes la oportunidad de elegir en qué vas a emplear tu tiempo, o si no vas a emplearlo en nada. Y, al parecer, las mujeres nos mantenemos infinitamente más activas que los hombres.
"¿Sí?", pregunté un poco sorprendida, porque nunca lo había visto desde este punto de vista.

Y hubo una respuesta unánime y entusiasta por parte de las asistentes. "¿No te has dado cuenta? ¡Siempre somos más! ¡En las conferencias! ¡En los teatros! ¡En las presentaciones de libros! ¡En las bibliotecas públicas! ¡En las excursiones! ¡En las clases de yoga! ¡En las de gimnasia! ¡En los cursos para la tercera edad! ¡En los clubs de bridge! ¡En las conferencias! ¡Aquí mismo!".

Efectivamente, habían acudido a oír hablar del funcionamiento del cerebro humano muchas más mujeres que hombres. "En todas partes somos más, ¡menos en el fútbol!", zanjó una la cuestión. Las mujeres, además, -mucho más que los hombres- se han mantenido siempre activas al alcanzar la tercera edad. Porque parte de las funciones que tradicionalmente se les asignan -el cuidado de la casa, de los ancianos y, sobre todo, de los niños- no desaparecen con la edad. Las "tareas domésticas" siguen siendo las mismas; los padres de la pareja han llegado a la vejez y requieren mucha atención y ocupan mucho tiempo, y con frecuencia han aparecido los nietos.

También los varones se preocupan por sus padres, "colaboran" con creciente frecuencia en los trabajos caseros, y suelen adorar a sus nietos, de modo que desarrollan actividades con ellos. Pero la responsabilidad recae en la mujer. Mientras muchos hombres, al alcanzar la jubilación, consideran haber concluido con sus obligaciones y -menos curiosos, menos dados a múltiples intereses, menos activos- se pasan las horas muertas delante de la televisión.

Si esto es así, resulta que las mujeres vivimos más, no por estar ociosas, sino por mantenernos más activas, por tener intereses más amplios y variados, por forzar a nuestro cerebro (¿será siquiera verdad que, como pretenden algunos, el tamaño del cerebro se relacione con la inteligencia?, tendré que preguntárselo a Acarín) a seguir funcionando a buena marcha.

Me gusta la idea. Por una vez una teoría establecida por hombres y mujeres no nos deja relegadas a ciudadanos de segunda.

Demasiadas cosas prohibidas

15/5/ 2007

Esther Tusquets

Comprendo que vivimos en sociedad, la mayoría de nosotros en grandes grupos, cada vez más hacinada la población en las ciudades. Y comprendo que, para que la convivencia sea posible, son precisas un montón de normas y de leyes, un montón de restricciones y de prohibiciones. Lamento, sin embargo, que, en lugar de aplicarlas con cierta flexibilidad, con un mínimo sentido común, ateniéndose a las circunstancias de cada caso, los agentes de la ley las apliquen con frecuencia a rajatabla, lo cual, qué duda cabe, hace más sencillo su trabajo. Y me llena de asombro que mucha de la gente que me rodea, lejos de aceptar estas prohibiciones como un mal menor, las acoja con entusiasmo intransigente, encantada de tener oportunidad de echarte una reprimenda o de denunciarte. Todo esto puede ser muy cívico y tal vez con el tiempo lleguemos a ser un país tan ordenado como Suiza, pero ¿no crea una atmósfera un poco asfixiante? ¿No resulta muy dura, al menos para los miembros de mi generación que nos considerábamos de izquierdas y habíamos hecho de la libertad un mito, esa merma creciente de las libertades individuales?
El tabaco es nocivo, y yo misma, cuando veo a chicos y chicas jóvenes fumando por la calle, tengo que reprimirme para no darles sabios consejos que no iban a escuchar. Pero el fanatismo antitabaco -como cualquier fanatismo-, sobre todo el de los ex fumadores, su intolerancia absoluta, su falta de comprensión, me desagrada tanto que yo, que nunca he fumado, enciendo un cigarrillo. He buscado en vano, en el aeropuerto de Barcelona, un rincón para fumadores, como los hay en todos los aeropuertos que conozco, y no lo he encontrado. Y a una de mis amigas la denunciaron, sin ni siquiera advertírselo antes, por fumar a solas en su despacho. ¿No da un poco de miedo ese deseo fervoroso de algunos ciudadanos por colaborar con la ley?
Sin pretender en absoluto defender el tabaco, señalaré algo que me sorprende. Hace unos años, cuando un hombre nos preguntaba cortésmente a las mujeres si nos molestaba que encendiera un cigarrillo, todas sin excepción asegurábamos que no. ¿Cómo es posible que ahora resulte físicamente insoportable que alguien fume, o haya fumado, al otro extremo del edificio?
A todos nos molesta que por la noche los ruidos del vecindario no nos dejen dormir y es razonable que se regulen. Pero también aquí debiera existir cierta flexibilidad. No es lo mismo, por ejemplo, la noche de Fin de Año que otra noche cualquiera. Y, aunque una deteste los petardos, no llamará a la policía una noche de verbena. El pasado agosto, en Cadaqués, celebrábamos el cumpleaños de un chico, la casa era pequeña, hacía calor, y nos pusimos, dos niños, sus padres y dos amigas, a bailar y bromear en la calle. No eran todavía las once de la noche. Los vecinos nos llamaron la atención. Paramos en el acto. Pues, aun así, allí estaban a los cinco minutos los mossos, porque nos habían denunciado.
No se puede llevar a los perros a la playa. Y es razonable. Se sacuden, te mojan, te arañan dentro del agua, pisotean las bolsas y las toallas. Molestan. De modo que, también en Cadaqués, llevo a mis perros antes de las siete de la mañana a una playa alejada, donde no hay nadie (y si hay gente durmiendo no protesta, porque también se sienten en falta, ya que está prohibido dormir en la playa, o en el coche, o aparcar laroulotte o hacer camping donde se te ocurra), y voy bien provista de bolsas para recoger lo que ensucien. Pero aun así llegan los mossos, y, como la amiga que me acompaña no se ha enterado y sigue bañando a los perros, me exigen les entregue el carné de identidad.
Me he resignado a que el Estado vele por mi integridad física y me obligue a utilizar, incluso en ciudad y en los asientos traseros, el cinturón de seguridad, aunque no estoy segura de que mi integridad no sea asunto mío, como debiera serlo prolongar o no mi propia vida, pero ¿no es excesivo que, movido por su afán protector, el médico de la seguridad social amenace al paciente con no hacerle las recetas para conseguir gratis los medicamentos, si no se vacuna antes contra la gripe?
Seguramente estamos, habida cuenta de que buena parte de la izquierda supera en este aspecto el puritanismo de la derecha, en el camino correcto. Con un poco de suerte dentro de unos decenios -en un mundo donde se habrán extinguido cientos de especies animales, donde habremos dejado morir sin que se nos mueva un pelo la mitad de la población de África, donde el Mediterráneo se habrá convertido en un estercolero- seremos un país tan civilizado como el que más.
Las libertades individuales no deben de ser tan importantes, dado que no parecen importarle a casi nadie, y supongo que todos, qué remedio, nos habituaremos a sobrevivir, sin excesiva asfixia, entre ese cúmulo creciente de cosas prohibidas. Sin excesiva asfixia, pero con resquicios de rebeldía y de tristeza.



Epílogo triste

 (El País 28/10/ 2008)

Esther Tusquets

A lo largo de varios meses las dos mujeres han entrevistado al hombre importante en su despacho de la Diagonal. Sentados los tres en unos amplios sofás de cuero muy claro, muy confortables, con una coca-cola o un agua mineral o una infusión ante ellos -abstemios todos, al menos a estas primeras horas de la tarde-, pendiente la primera mujer -a la que podríamos llamar la Historiadora, que sabe un montón de cosas y quiere averiguar más- de que funcione correctamente la grabadora, mientras va tejiendo preguntas y respuestas en un tapiz impecable, implacable a veces, y admirada la segunda mujer -a la que podríamos llamar la Escriba, que se siente a menudo un poco inútil por no intervenir apenas en la conversación- de la pericia de su compañera, y de la espontaneidad sin tapujos con que el hombre le responde. Sintiéndose un poco inútil, pues, pero tan cómoda y relajada que a punto está de quitarse los zapatos, cosa que ni se le pasaría por la imaginación en las entrevistas con Narcís o con José, y no digamos con Jordi (aunque hay que reconocer la generosidad con que estos tres hombres, también importantes, les han concedido parte de su tiempo, y agradecerles su extrema amabilidad).

El protagonista de esta historia, aunque ya no sea joven y esté enfermo, es un tipo encantador

De su enfermedad ha hablado con total normalidad, sin dramatismos

Donde sí se descalza la segunda mujer, la Escriba, es en las reuniones que tienen lugar con la esposa del hombre importante en el piso de la "casa grande", feudo ancestral del clan. Pues, si la Historiadora mantiene con Artemisa, y al parecer con toda la familia, una vieja amistad (y es este conocimiento personal de los protagonistas uno de los motivos que las han impulsado a escribir el libro), ella ha quedado fascinada. En palabras de Artemisa, se diría que se ha producido un feelinginstantáneo. Tan encantadora, tan simpática, tan directa, "tan suya" le ha parecido la dueña de la casa, le hace tanta gracia el modo en que cuenta las cosas, la naturalidad desenfadada con que responde a las preguntas, las expresiones que usa, que le sugiere a su compañera que sus funciones de Escriba son innecesarias, y que pueden limitarse a transcribir las entrevistas y publicarlas tal cual, pero la Historiadora ni siquiera responde. Sólo ríe. Ríe también cuando la Escriba, que pese a sus muchos años sigue siendo una insensata, afirma con vehemencia que conocer a esta pareja habrá sido lo mejor, lo más gratificante, de la aventura, aunque tal vez, reconoce, esto haga más difícil para ella la objetividad.

También el protagonista de la historia, aunque ya no sea joven y esté enfermo, es un tipo encantador. Cariñoso, simpático, socarrón. Un seductor nato. Uno de esos hombres que se muestran solícitos, pendientes de ti, de si tienes sed, de si sien

-tes frío, uno de esos hombres que te cogen por el brazo al cruzar la calle, y no te molesta, sino todo lo contrario, que te pasen confianzudos y protectores un brazo por los hombros, sobre todo si estás ingresando en la tercera o en la cuarta o en cualquiera sabe qué tardía edad, como es el caso de las dos entrevistadoras. Es muy probable que también a muchos hombres les haya parecido encantador.

Nada de esto aparece en lo que graba la cinta, pero no es preciso, la Historiadora y la Escriba y cualquier hombre de la calle saben que ha jugado un papel primordial en su carrera. ¿Cómo no iba a ser importante para un político tener carisma, tener "gancho"? Y nuestro protagonista los tiene, y lo sabe y los ha utilizado a fondo. Le es fácil hacerse querer, le ha sido fácil relacionarse con gente de muy distinta condición, aunque es seguro también que muchos otros le habrán detestado y envidiado.

No es tan seguro, pero sí posible -la Escriba piensa que tendrá que discutirlo con la Historiadora- que estas ventajas iniciales no vayan ligadas a muchos de los defectos que se le achacan y que le han hecho en ocasiones vulnerable. Dicen que es caprichoso, imprevisor, fantasioso, optimista en exceso, demasiado confiado en los demás, y sobre todo en sí mismo, lento por tanto en advertir las amenazas, poco previsor, poco respetuoso con las normas, propenso a palabras y actos impremeditados e inaceptables en la posición que ocupa... Dice Artemisa, una Artemisa leal y enamorada cuyo testimonio no merece entera confianza, que una de las características de su marido es la honestidad. ¿Será eso cierto? ¿Puede un político permitirse el lujo supremo de la honestidad sin pagar por él un altísimo precio?

El hombre carismático dialoga con las dos mujeres en su despacho, mientras oscurece despacio tras los ventanales y, como nadie prende la luz, van quedando sumidos en la penumbra. Ha desaparecido la última secretaria, se ha fundido el hielo de la coca-cola y del agua mineral, se ha enfriado la infusión. En un grado mayor de intimidad, el hombre contesta con prolijidad de detalles a las preguntas -incluso cuando giran en torno a temas dolorosos como los espinosos problemas de sus hermanos, o su propia enfermedad-, bromea socarrón y pasa luego largo rato recitando o leyendo o buscando la traducción más correcta a una expresión difícil de los sonetos de Shakespeare. Le encanta leer en voz alta, le encanta el cine, la música. Tiene la suerte de que le gusten e interesen muchas cosas.

De su enfermedad ha hablado con total normalidad, sin dramatismos, sin culpar a nadie ("el estrés y los disgustos pueden provocar una depresión, pero no modificar una proteína"), sin alardes ("¡dicen que soy muy valiente! ¿Valiente, por qué? ¡A la fuerza ahorcan!"). Siempre combativo, siempre dispuesto a ir a por todas, siempre optimista, luchará -codo a codo con Artemisa- contra la enfermedad. Es posible que se descubra a tiempo un remedio eficaz que la cure o haga más lento su avance. Es posible que no. Pero en el peor de los casos, ese hombre carismático, todavía atractivo, que lee con entusiasmo en la penumbra los sonetos de Shakespeare, ha sido un afortunado. Puede afirmar, con Neruda, "confieso que he vivido". La historia, que tiene la última palabra, será generosa con él, porque, en un ámbito limitado pero que es el nuestro, ha mejorado su curso, ha convertido una ciudad de tantas en una gran ciudad, ha intentado, y a veces -no siempre- conseguido, lo que nadie había intentado, ha sido aclamado por multitudes, ha sido amado. En su lápida podrían escribir: "Aquí yace un hombre que supo hacerse querer". Y además, aunque llegue el olvido, algo ha de subsistir. Al margen del cerebro, una piel reconocerá el contacto de otra piel, la piel de su mujer seguirá siendo la de siempre, y la amará aunque crea que la toca por primera vez. Y resulta terrible -terrible, pero también maravilloso- fantasear que descubre lasVariaciones Goldberg y se pregunta admirado cómo puede no haber oído antes algo tan hermoso, fantasear que las ha oído mil veces y disfruta de ellas con el placer supuestamente irrepetible de la primera vez.