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domingo, 23 de agosto de 2015

Josefina Aldecoa

Josefina aldecoa


Escritora y pedagoga encuadrada en la Generación de los 50, de la que es una de las relevantes representantes, nacido el 8 de marzo de 1926, en La robla (León), en una familia de gran tradición en el magisterio, ya que su madre y abuela eran maestras, y ambas influenciadas por la ideología del Instituto Libre de Enseñanza, institución pedagógica que surgió a finales del siglo XIX, con la finalidad de renovar la educación que se impartía en España, haciéndola más acorde con las ideas del krassismo.



Esta escritora vivió en en León, siendo participante del grupo literario que creo la revista de poesía “Espadaña”. Posteriormente, se trasladó a Madrid, en 1944, ciudad en la que cursó la carrera de Filosofía y Letras, y se doctoró en Pedagogía por la Universidad de Madrid sobre la relación infantil con el arte, tesis que más tarde publicaría con el título El arte del niño (1960), además de tomar contacto en la Universidad con escritores como Alfonso Sastre, Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio o Ignacio Aldecoa, con quien se casaría en 1952 y a partir del momento en el que enviudó adoptó su apellido.



Fue traductora para la Revista Española, dirigida por Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio y Alfonso Sastre, del primer cuento publicado en España de Truman Capote.



Su actividad literaria la simultaneó con la docencia en un colegio, Estilo, que fundó ella misma en 1959., en el que aplicó sus ideas educativas, sin que la religión formara parte de la idea educativa, que había tomado de sus experiencias en Inglaterra y Estados Unidos, y en el krausismo que era, como ya se ha dicho, la base ideológica de la Institución Libre de Enseñanza.



Publicó, en 1961, una colección de narraciones cortas con el título de A ninguna parte, y novelas como Los niños de la guerra (1983), La enredadera (1984), Porque éramos jóvenes (1986) o El vergel (1988). En 1990 comenzó una trilogía que ofrece un extenso contenido autobiográfico con la novela Historia de una maestra (1990), título al que siguieron Mujeres de negro (1994) y La fuerza del destino (1997) en un intento de dar respuesta al discurso político existente durante los años que siguieron a la dictadura, acerca de la forma en la que se podría encauzar el sistema educativo, por nono considerarlo lo suficientemente laico.



Al ensayo Confesiones de una abuela, obra en la que expone y analiza la relación con su nieto, le siguieron Fiebre (2000), antología de cuentos escritos entre la década de 1950 y la de 1990. Después, en 2002, publicó El enigma, una novela cuya trama narra un desengaño amoroso y, en 2004, publicó el libro de memorias En la distancia.



Tras el fallecimiento de su marido, Ignacio Aldecoa, en 1969, Josefina permaneció diez años sin publicar ni escribir, dedicándose por completo a la docencia. Fue en 1981 cuando editó una edición crítica de una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa, lo que le animó a seguir con su labor de escritora, publicando Los niños de la guerra, en 1983. A esa obra le siguieron La enredadera (1984), Porque éramos jóvenes (1986) o El vergel (1988). Posteriormente, La casa gris, en 2005 y Hermanas, en 2008, que fue su última obra publicada.


En esa década recibió innumerables premios y reconocimientos como son: Premio de Castilla y León de las Letras (2003),Gran Cruz Alfonso X El Sabio (2004),Premio de Castilla y León de las Letras (2004),Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (2005),VII Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras (2005),
Medalla de Oro de las Bellas Artes (2006),Premio Internacional de Letras. Fundación Gabarrón (2006)



Falleció el 16 de marzo de 2011 en Mazcuerras (Cantabria).

Bibliografía y premios de Josefina Aldecoa

Josefina aldecoa
BIBLIOGRAFÍA

El arte del niño (1960)
A ninguna parte (1961)
Los niños de la guerra (1983)
La enredadera (1984)
Porque éramos jóvenes (1986)
El vergel (1988)
Cuento para Susana (1988)
Historia de una maestra (1990)
Mujeres de negro (1994)
Ignacio Aldecoa en su paraíso (1996)
Madres e hijas. (1996)
La fuerza del destino (1997)
Confesiones de una abuela (1998)
Pinko y su perro (1998)
Cuentos de fútbol II. Jorge Valdano (Ed.) (1998)
Mujeres al alba (1999)
El desafío (2000), cuento en Cuentos solidarios 2.
Fiebre (2001)
La educación de nuestros hijos (2001)
El enigma (2002)
En la distancia (2004)
La casa gris (2005)
Hermanas (2008)


PREMIOS

Premio de Castilla y León de las Letras (2003)
Gran Cruz Alfonso X El Sabio (2004)
Premio de Castilla y León de las Letras (2004)
Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (2005)
VII Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras (2005)
Medalla de Oro de las Bellas Artes (2006)
Premio Internacional de Letras. Fundación Gabarrón (2006)


ENLACES
http://www.publico.es/espana/367019/el-refugio-de-josefina-aldecoa



En recuerdo de nuestra historia

JOSEFINA ALDECOA  (El País 31/10/2002)                               

Josefina Aldecoa
Le conocí cuando éramos jóvenes. En los años 50 la generación a la que pertenecemos soportaba lo peor de la dictadura franquista. Sin embargo, él siempre fue una persona que luchó por defender sus ideas. En esa época nos veíamos con mucha frecuencia; era íntimo amigo de Ignacio, mi marido, e incluso intentó rodar una novela suya, Parte de una historia, en la isla Graciosa, pero tuvo que dejarlo por falta de presupuesto. Éramos vecinos, vivíamos en la calle Cea Bermúdez, y sus hijos fueron de los primeros alumnos en acudir al Colegio Estilo, que yo fundé en 1959. Creo que entonces iniciamos esa amistad de jóvenes que siempre permanece, aunque cada vez nos viéramos menos porque cada uno vive encerrado en su rincón. La última vez que coincidimos fue hace unos meses, en el entierro de Carlos Berlanga, y todo fue tan conmovedor que me cuesta hablar de ello.
Bardem y Berlanga, que entonces eran amigos inseparables, rodaron las películas más importantes del cine español de los años cincuenta. Su cine ha marcado una época. En esas décadas, Bardem era el gran triunfador del cine español en Europa y era tan respetado por su trabajo como querido por su carácter. Era brillante, enérgico y vital. La militancia política, a la que nunca renunció, influyó también en su trabajo cinematográfico, pero fue una de las pocas personas que luchaba contra una realidad social terrible y nunca, ni en los peores momentos, ocultó sus ideas. Con el paso del tiempo el cine ha ido cambiando y su estrella nunca brilló igual, pero sólo puedo hablar de él como de un verdadero amigo, uno de tantos que van desapareciendo. Cuando se llega a mi edad es muy triste enterarse de la muerte de un ser querido. Los que éramos jóvenes en los cincuenta somos una generación muy machacada, nos tocó vivir un momento histórico muy duro, pero se luchaba. Recordar ahora el pasado sólo añade nuevas tristezas. Lamento no poder estar en Madrid para estar con María, su mujer, y sus hijos en este momento.


Ignacio Aldecoa, el tiempo inmóvil

 (El País 16/11/1999

Josefina aldecoa
Un amigo me dijo un día: "¿Te das cuenta de que Ignacio no envejece nunca?". Lo dijo con melancolía, contemplando una hermosa fotografía de Carles Fontseré, con un fondo de rascacielos neoyorquinos. Una foto en la que Ignacio sonríe frente a mi mesa de trabajo. "Día a día, nosotros envejecemos. Él no". Y era cierto. Ignacio se ha quedado detenido en el tiempo del retrato con su sonrisa joven, su mirada joven, las manos en los bolsillos, la frente alzada a un viento de esperanzas y promesas.En un poema juvenil, Ignacio nos advertía:
"La angustia de los ácidos retratos, / membrillos en el polvo de los años, / vierte por la consola un débil rayo / de momentos robados.
Una vida nos brinda su noticia / en unos ojos secos contenida / y el arco estrangulado de la risa / su alma arrugada fija".
Hoy se cumplen 30 años desde aquel día en que la juventud de Ignacio se detuvo para siempre. En nuestro país y en el mundo entero han cambiado muchas cosas en estos 30 años. Pero la obra de Ignacio Aldecoa permanece intacta, con la misma belleza y lozanía, con el mismo vigor que el día que fue escrita. Y en muchos aspectos, con mayor valor porque a sus méritos literarios se ha añadido uno más: el testimonio que se deriva de sus personajes y de las situaciones por las que atraviesan.
Ignacio mira a su alrededor y, dotado de una sensibilidad literaria estremecedora, transcribe para nosotros la amargura y la soledad, la desesperación y la rabia de un ser humano que se ve arrojado a la existencia y condenado a vivirla sin remedio. Como todo auténtico escritor, Aldecoa percibe y penetra profundamente la inevitable melancolía del hombre destinado sin remedio a la muerte. Más allá de la situación social que elige para sus personajes, por encima del tiempo que al escritor y a esos personajes les ha tocado vivir, late la otra verdad, la intemporal, la pregunta que acongoja al Homo sapiens desde que balbucea sus primeros descubrimientos lúcidos: ¿por qué y para qué estoy sobre la Tierra?
Por eso es también reveladora su respuesta cuando, meses antes de morir, le preguntan a Ignacio en una entrevista: "¿Contra qué escribirías?" Y él contesta: "Contra la injusticia. Contra lo que escribo". E inmediatamente pasa sobre el momento social que está viviendo para añadir: "Pero mi preocupación es más amplia: la brevedad de la existencia, la humanidad, la medida del hombre frente a la naturaleza".
Han pasado 30 años. Personalmente, los he vivido inmersa en la misma fascinación que la personalidad de Ignacio me producía durante el tiempo que vivimos juntos. He vivido estos 30 años apoyada en el recuerdo de Ignacio y he alimentado este recuerdo con los recuerdos de los otros, los de su sangre y sus amigos, sus compañeros, todos los que le conocieron.
Esta ligazón, esta presencia permanente del hombre que fue Ignacio Aldecoa en la nostalgia, la evocación y la soledad de los que le amamos durará mientras duren nuestras vidas. Pero cuando los depositarios de los recuerdos directos nos hayamos ido, quedará su obra y siempre habrá un hombre que al leerla descrifre su mensaje de solidaridad y esperanza. Esta comunicación milagrosa es la forma más sofisticada de relación interpersonal. Ésa es la grandeza de la literatura.
Han transcurrido 30 años. "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". El tiempo sí ha pasado sobre nuestros cuerpos, nuestros movimientos, nuestros gestos. El tiempo desgasta y lima y destruye. Sólo la sonrisa de Ignacio Aldecoa permanece en su retrato, inmóvil en el tiempo.