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miércoles, 30 de marzo de 2016

Esther Tusquets

BIOGRAFÍA

Esther Tusquets, escritora y editora
Esther Tusquets, escritora y editora, nació en Barcelona el 30 de Agosto de 1936. Cursó estudios en el Colegio Alemán. Posteriormente, estudia Filosofía y Letras, especialidad Historia, en las Universidades de Barcelona y Madrid,

Su inicio laboral fue como profesora de literatura e historia durante varios años en una academia. Más tarde, al inicio de los sesenta, continúa con la labor de su padre como Directora de la editorial Lumen, cargo que ocupó durante veinticinco años, hasta  poco antes de su muerte, ejerciendo una gran influencia en el campo literario en los últimos años.

Comenzó a escribir tardíamente, pues comenzó a publicar  en 1978 no aparece su primera novela "El mismo mar de todos los veranos", con la que inicia una trilogía que continúa con "El amor es un juego solitario" (1979) ganadora del Premio Ciudad de Barcelona; trilogía que finaliza con "Varada tras el último naufragio"  (1980).

Posteriormente, publicó Para no volver (1985), Siete miradas en un mismo paisaje (1992), La niña lunática (1996, premio Ciudad de Barcelona 1997),El mismo mar de todos los veranos (1997), Con la miel en los labios (1997).

Su trayectoria en dicha editorial la narró en su obra, "Confesiones de una editora poco mentirosa"  que fue publicada por la editorial, pero ya dirigida por su hija Milena, en 2005. Otras obras posteriores fueron "Habíamos ganado la guerra" (2007) "Confesiones de una vieja dama indigna" (2009) y "Tiempos que fueron" (2012), junto con Oscar Tusquets.

La obra literaria de esta autora se puede definir como una narrativa que tiene dos elementos fundamentales: por una parte, la visión femenina en la temática de sus novelas; por otra, el estilo completamente innovador en su época que se sustenta en  la técnica narrativa utilizada y basada en el uso del lenguaje, por el que, según sus críticos, v desarrollando  la visión o "conciencia femenina",  por la que la trama, escasa en su obra, se va definiendo. únicamente. a través del punto de mira basado en el conocimiento psíquico y sexual de una mujer madura, que va creando un estilo peculiar al que se ha llamado barroco, por la rica creación de imágenes superpuestas; elíptico, en cuando que se aleja del momento narrado hasta otras cuestiones que engarza con el tiempo narrativo, y arabesco por la creación de un entramado que forma las ricas imágenes sugeridas y sugerentes entrelazadas entre sí. Todo ello, a través del lenguaje y el concepto que de este elemento imprescindible en una obra literaria, como vehículo de expresión en el que se basa toda obra escrita, tiene Esther Tusquets que muestra cómo su uso peculiar puede ser, además, un elemento más de la arquitectura narrativa, tanto por la expresión de la idea, como por su disposición y cadencia.

Murió el 23 de julio de 2012.


Bibliografía de Esther Tusquets

BIBLIOGRAFÍA                                                                                             
Esther Tusquets
Novela:
El mismo mar de todos los veranos (1978)
Juego o el hombre que pintaba mariposas (1979)
La conejita Marcela (1979)
El amor es un juego solitario (1979)
Varada tras el último naufragio (1980)
Recuerdo de Safo (1982)
Para no volver (1985)
Libro de Moisés : Biblia I, Pentateuco (1987)
Después de Moisés (1989)
La reina de los gatos (1993)
¡Bingo! (2007)

Autobiografía:
Confesiones de una editora poco mentirosa (2005)
Habíamos ganado la guerra (2007)
Confesiones de una vieja dama indigna (2009)
Tiempos que fueron (2012), junto con Oscar Tusquets

Cuento:
Las sutiles leyes de la simetría (1982)
Siete miradas en un mismo paisaje (1981)
Olivia (1986)
Relatos eróticos (1990)
Carta a la madre (1996)
La niña lunática y otros cuentos (1996)
Con la miel en los labios (1997)
Carta a la madre y cuentos completos (2009)

Ensayos:
Libros "de lujo" para niños (1994)
Ser madre (2000)
Pequeños delitos abominables (2010)



PREMIOS

Premio Ciudad de Barcelona 1979


ENLACES

Nosotras siempre somos más

( El País, 1/11/ 2009)

Esther Tusquets
Esther Tusquets

Desde siempre he sabido que las mujeres tenemos una vida más larga que los hombres. Lo oí desde niña, y también me explicaron que esto se debía a que las mujeres, dado que no trabajábamos (o, por lo menos, no trabajábamos fuera de casa, en profesiones estresantes y de responsabilidad), consumíamos menos energía y nuestro organismo sufría un desgaste mucho menor. Siempre lo di por bueno.

En efecto, si una máquina se utiliza poco, tiene por lo general más duración que si está a tope muchas horas. Vivíamos más porque no dábamos golpe, y lo malo era que, al integrarnos cada vez más en el mundo del trabajo, íbamos a perder una de las pocas ventajas de las que disfrutábamos, íbamos a morir más jóvenes y nuestra longevidad se equipararía a la de los varones.

Han transcurrido muchos años y las cosas no han ido por este camino. Cada vez son más las mujeres que trabajan -incluso en profesiones tan intensas y absorbentes como la política o los altos cargos de las grandes empresas, donde están presentes las dos máximas ambiciones del ser humano de hoy: el poder y el dinero- y es posible que anden estresadísimas, que sobrevivan a base de ansiolíticos y antidepresivos, pero la verdad es que no por ello mueren antes, ni siquiera las deteriora la mala conciencia de que por su culpa no pueda yo seguir citando (mi hermano Óscar, implacable y para mí utilísimo Pepito Grillo, me advirtió que estaba haciendo el ridículo) aquella frase que me gustaba tanto, según la cual el día que mujeres ineptas e incapaces ocuparan cargos de responsabilidad se habría logrado la igualdad entre los sexos.

¡Dios mío, si habremos visto mujeres incompetentes, ignorantes y estúpidas y nefastas ocupando cargos de poder! Y lo habrán hecho muy mal, y desde luego no se ha logrado la paridad con los varones (a partir de ahora puedo decir que la igualdad entre los sexos se habrá empezado a lograr cuando se equiparen los salarios), pero seguimos viviendo más que ellos. Es fácil comprobar que habitamos un mundo lleno de viudas.

Hace muy poco tiempo, unos meses, supe la verdadera razón de que las mujeres fuéramos más longevas. Y resultó ser la opuesta a aquella que yo había aceptado como buena desde niña.

Lo descubrí por casualidad, en una conferencia sobre el cerebro que dio el neurólogo que maneja con extraña sabiduría mi Parkinson (e incluso, y tiene mayor mérito, me controla a mí), Nolasc Acarín. Aunque iba dirigida a profanos, yo me perdí de la misa la mitad. Pero algo quedó claro: el cerebro del hombre no envejece por exceso de uso sino por uso insuficiente. Cuanto más activo esté uno, más probabilidades tiene de llegar a viejo. Y esto cobra especial importancia cuando se empieza a envejecer, cuando al jubilarte tienes la oportunidad de elegir en qué vas a emplear tu tiempo, o si no vas a emplearlo en nada. Y, al parecer, las mujeres nos mantenemos infinitamente más activas que los hombres.
"¿Sí?", pregunté un poco sorprendida, porque nunca lo había visto desde este punto de vista.

Y hubo una respuesta unánime y entusiasta por parte de las asistentes. "¿No te has dado cuenta? ¡Siempre somos más! ¡En las conferencias! ¡En los teatros! ¡En las presentaciones de libros! ¡En las bibliotecas públicas! ¡En las excursiones! ¡En las clases de yoga! ¡En las de gimnasia! ¡En los cursos para la tercera edad! ¡En los clubs de bridge! ¡En las conferencias! ¡Aquí mismo!".

Efectivamente, habían acudido a oír hablar del funcionamiento del cerebro humano muchas más mujeres que hombres. "En todas partes somos más, ¡menos en el fútbol!", zanjó una la cuestión. Las mujeres, además, -mucho más que los hombres- se han mantenido siempre activas al alcanzar la tercera edad. Porque parte de las funciones que tradicionalmente se les asignan -el cuidado de la casa, de los ancianos y, sobre todo, de los niños- no desaparecen con la edad. Las "tareas domésticas" siguen siendo las mismas; los padres de la pareja han llegado a la vejez y requieren mucha atención y ocupan mucho tiempo, y con frecuencia han aparecido los nietos.

También los varones se preocupan por sus padres, "colaboran" con creciente frecuencia en los trabajos caseros, y suelen adorar a sus nietos, de modo que desarrollan actividades con ellos. Pero la responsabilidad recae en la mujer. Mientras muchos hombres, al alcanzar la jubilación, consideran haber concluido con sus obligaciones y -menos curiosos, menos dados a múltiples intereses, menos activos- se pasan las horas muertas delante de la televisión.

Si esto es así, resulta que las mujeres vivimos más, no por estar ociosas, sino por mantenernos más activas, por tener intereses más amplios y variados, por forzar a nuestro cerebro (¿será siquiera verdad que, como pretenden algunos, el tamaño del cerebro se relacione con la inteligencia?, tendré que preguntárselo a Acarín) a seguir funcionando a buena marcha.

Me gusta la idea. Por una vez una teoría establecida por hombres y mujeres no nos deja relegadas a ciudadanos de segunda.

Demasiadas cosas prohibidas

15/5/ 2007

Esther Tusquets

Comprendo que vivimos en sociedad, la mayoría de nosotros en grandes grupos, cada vez más hacinada la población en las ciudades. Y comprendo que, para que la convivencia sea posible, son precisas un montón de normas y de leyes, un montón de restricciones y de prohibiciones. Lamento, sin embargo, que, en lugar de aplicarlas con cierta flexibilidad, con un mínimo sentido común, ateniéndose a las circunstancias de cada caso, los agentes de la ley las apliquen con frecuencia a rajatabla, lo cual, qué duda cabe, hace más sencillo su trabajo. Y me llena de asombro que mucha de la gente que me rodea, lejos de aceptar estas prohibiciones como un mal menor, las acoja con entusiasmo intransigente, encantada de tener oportunidad de echarte una reprimenda o de denunciarte. Todo esto puede ser muy cívico y tal vez con el tiempo lleguemos a ser un país tan ordenado como Suiza, pero ¿no crea una atmósfera un poco asfixiante? ¿No resulta muy dura, al menos para los miembros de mi generación que nos considerábamos de izquierdas y habíamos hecho de la libertad un mito, esa merma creciente de las libertades individuales?
El tabaco es nocivo, y yo misma, cuando veo a chicos y chicas jóvenes fumando por la calle, tengo que reprimirme para no darles sabios consejos que no iban a escuchar. Pero el fanatismo antitabaco -como cualquier fanatismo-, sobre todo el de los ex fumadores, su intolerancia absoluta, su falta de comprensión, me desagrada tanto que yo, que nunca he fumado, enciendo un cigarrillo. He buscado en vano, en el aeropuerto de Barcelona, un rincón para fumadores, como los hay en todos los aeropuertos que conozco, y no lo he encontrado. Y a una de mis amigas la denunciaron, sin ni siquiera advertírselo antes, por fumar a solas en su despacho. ¿No da un poco de miedo ese deseo fervoroso de algunos ciudadanos por colaborar con la ley?
Sin pretender en absoluto defender el tabaco, señalaré algo que me sorprende. Hace unos años, cuando un hombre nos preguntaba cortésmente a las mujeres si nos molestaba que encendiera un cigarrillo, todas sin excepción asegurábamos que no. ¿Cómo es posible que ahora resulte físicamente insoportable que alguien fume, o haya fumado, al otro extremo del edificio?
A todos nos molesta que por la noche los ruidos del vecindario no nos dejen dormir y es razonable que se regulen. Pero también aquí debiera existir cierta flexibilidad. No es lo mismo, por ejemplo, la noche de Fin de Año que otra noche cualquiera. Y, aunque una deteste los petardos, no llamará a la policía una noche de verbena. El pasado agosto, en Cadaqués, celebrábamos el cumpleaños de un chico, la casa era pequeña, hacía calor, y nos pusimos, dos niños, sus padres y dos amigas, a bailar y bromear en la calle. No eran todavía las once de la noche. Los vecinos nos llamaron la atención. Paramos en el acto. Pues, aun así, allí estaban a los cinco minutos los mossos, porque nos habían denunciado.
No se puede llevar a los perros a la playa. Y es razonable. Se sacuden, te mojan, te arañan dentro del agua, pisotean las bolsas y las toallas. Molestan. De modo que, también en Cadaqués, llevo a mis perros antes de las siete de la mañana a una playa alejada, donde no hay nadie (y si hay gente durmiendo no protesta, porque también se sienten en falta, ya que está prohibido dormir en la playa, o en el coche, o aparcar laroulotte o hacer camping donde se te ocurra), y voy bien provista de bolsas para recoger lo que ensucien. Pero aun así llegan los mossos, y, como la amiga que me acompaña no se ha enterado y sigue bañando a los perros, me exigen les entregue el carné de identidad.
Me he resignado a que el Estado vele por mi integridad física y me obligue a utilizar, incluso en ciudad y en los asientos traseros, el cinturón de seguridad, aunque no estoy segura de que mi integridad no sea asunto mío, como debiera serlo prolongar o no mi propia vida, pero ¿no es excesivo que, movido por su afán protector, el médico de la seguridad social amenace al paciente con no hacerle las recetas para conseguir gratis los medicamentos, si no se vacuna antes contra la gripe?
Seguramente estamos, habida cuenta de que buena parte de la izquierda supera en este aspecto el puritanismo de la derecha, en el camino correcto. Con un poco de suerte dentro de unos decenios -en un mundo donde se habrán extinguido cientos de especies animales, donde habremos dejado morir sin que se nos mueva un pelo la mitad de la población de África, donde el Mediterráneo se habrá convertido en un estercolero- seremos un país tan civilizado como el que más.
Las libertades individuales no deben de ser tan importantes, dado que no parecen importarle a casi nadie, y supongo que todos, qué remedio, nos habituaremos a sobrevivir, sin excesiva asfixia, entre ese cúmulo creciente de cosas prohibidas. Sin excesiva asfixia, pero con resquicios de rebeldía y de tristeza.



Epílogo triste

 (El País 28/10/ 2008)

Esther Tusquets

A lo largo de varios meses las dos mujeres han entrevistado al hombre importante en su despacho de la Diagonal. Sentados los tres en unos amplios sofás de cuero muy claro, muy confortables, con una coca-cola o un agua mineral o una infusión ante ellos -abstemios todos, al menos a estas primeras horas de la tarde-, pendiente la primera mujer -a la que podríamos llamar la Historiadora, que sabe un montón de cosas y quiere averiguar más- de que funcione correctamente la grabadora, mientras va tejiendo preguntas y respuestas en un tapiz impecable, implacable a veces, y admirada la segunda mujer -a la que podríamos llamar la Escriba, que se siente a menudo un poco inútil por no intervenir apenas en la conversación- de la pericia de su compañera, y de la espontaneidad sin tapujos con que el hombre le responde. Sintiéndose un poco inútil, pues, pero tan cómoda y relajada que a punto está de quitarse los zapatos, cosa que ni se le pasaría por la imaginación en las entrevistas con Narcís o con José, y no digamos con Jordi (aunque hay que reconocer la generosidad con que estos tres hombres, también importantes, les han concedido parte de su tiempo, y agradecerles su extrema amabilidad).

El protagonista de esta historia, aunque ya no sea joven y esté enfermo, es un tipo encantador

De su enfermedad ha hablado con total normalidad, sin dramatismos

Donde sí se descalza la segunda mujer, la Escriba, es en las reuniones que tienen lugar con la esposa del hombre importante en el piso de la "casa grande", feudo ancestral del clan. Pues, si la Historiadora mantiene con Artemisa, y al parecer con toda la familia, una vieja amistad (y es este conocimiento personal de los protagonistas uno de los motivos que las han impulsado a escribir el libro), ella ha quedado fascinada. En palabras de Artemisa, se diría que se ha producido un feelinginstantáneo. Tan encantadora, tan simpática, tan directa, "tan suya" le ha parecido la dueña de la casa, le hace tanta gracia el modo en que cuenta las cosas, la naturalidad desenfadada con que responde a las preguntas, las expresiones que usa, que le sugiere a su compañera que sus funciones de Escriba son innecesarias, y que pueden limitarse a transcribir las entrevistas y publicarlas tal cual, pero la Historiadora ni siquiera responde. Sólo ríe. Ríe también cuando la Escriba, que pese a sus muchos años sigue siendo una insensata, afirma con vehemencia que conocer a esta pareja habrá sido lo mejor, lo más gratificante, de la aventura, aunque tal vez, reconoce, esto haga más difícil para ella la objetividad.

También el protagonista de la historia, aunque ya no sea joven y esté enfermo, es un tipo encantador. Cariñoso, simpático, socarrón. Un seductor nato. Uno de esos hombres que se muestran solícitos, pendientes de ti, de si tienes sed, de si sien

-tes frío, uno de esos hombres que te cogen por el brazo al cruzar la calle, y no te molesta, sino todo lo contrario, que te pasen confianzudos y protectores un brazo por los hombros, sobre todo si estás ingresando en la tercera o en la cuarta o en cualquiera sabe qué tardía edad, como es el caso de las dos entrevistadoras. Es muy probable que también a muchos hombres les haya parecido encantador.

Nada de esto aparece en lo que graba la cinta, pero no es preciso, la Historiadora y la Escriba y cualquier hombre de la calle saben que ha jugado un papel primordial en su carrera. ¿Cómo no iba a ser importante para un político tener carisma, tener "gancho"? Y nuestro protagonista los tiene, y lo sabe y los ha utilizado a fondo. Le es fácil hacerse querer, le ha sido fácil relacionarse con gente de muy distinta condición, aunque es seguro también que muchos otros le habrán detestado y envidiado.

No es tan seguro, pero sí posible -la Escriba piensa que tendrá que discutirlo con la Historiadora- que estas ventajas iniciales no vayan ligadas a muchos de los defectos que se le achacan y que le han hecho en ocasiones vulnerable. Dicen que es caprichoso, imprevisor, fantasioso, optimista en exceso, demasiado confiado en los demás, y sobre todo en sí mismo, lento por tanto en advertir las amenazas, poco previsor, poco respetuoso con las normas, propenso a palabras y actos impremeditados e inaceptables en la posición que ocupa... Dice Artemisa, una Artemisa leal y enamorada cuyo testimonio no merece entera confianza, que una de las características de su marido es la honestidad. ¿Será eso cierto? ¿Puede un político permitirse el lujo supremo de la honestidad sin pagar por él un altísimo precio?

El hombre carismático dialoga con las dos mujeres en su despacho, mientras oscurece despacio tras los ventanales y, como nadie prende la luz, van quedando sumidos en la penumbra. Ha desaparecido la última secretaria, se ha fundido el hielo de la coca-cola y del agua mineral, se ha enfriado la infusión. En un grado mayor de intimidad, el hombre contesta con prolijidad de detalles a las preguntas -incluso cuando giran en torno a temas dolorosos como los espinosos problemas de sus hermanos, o su propia enfermedad-, bromea socarrón y pasa luego largo rato recitando o leyendo o buscando la traducción más correcta a una expresión difícil de los sonetos de Shakespeare. Le encanta leer en voz alta, le encanta el cine, la música. Tiene la suerte de que le gusten e interesen muchas cosas.

De su enfermedad ha hablado con total normalidad, sin dramatismos, sin culpar a nadie ("el estrés y los disgustos pueden provocar una depresión, pero no modificar una proteína"), sin alardes ("¡dicen que soy muy valiente! ¿Valiente, por qué? ¡A la fuerza ahorcan!"). Siempre combativo, siempre dispuesto a ir a por todas, siempre optimista, luchará -codo a codo con Artemisa- contra la enfermedad. Es posible que se descubra a tiempo un remedio eficaz que la cure o haga más lento su avance. Es posible que no. Pero en el peor de los casos, ese hombre carismático, todavía atractivo, que lee con entusiasmo en la penumbra los sonetos de Shakespeare, ha sido un afortunado. Puede afirmar, con Neruda, "confieso que he vivido". La historia, que tiene la última palabra, será generosa con él, porque, en un ámbito limitado pero que es el nuestro, ha mejorado su curso, ha convertido una ciudad de tantas en una gran ciudad, ha intentado, y a veces -no siempre- conseguido, lo que nadie había intentado, ha sido aclamado por multitudes, ha sido amado. En su lápida podrían escribir: "Aquí yace un hombre que supo hacerse querer". Y además, aunque llegue el olvido, algo ha de subsistir. Al margen del cerebro, una piel reconocerá el contacto de otra piel, la piel de su mujer seguirá siendo la de siempre, y la amará aunque crea que la toca por primera vez. Y resulta terrible -terrible, pero también maravilloso- fantasear que descubre lasVariaciones Goldberg y se pregunta admirado cómo puede no haber oído antes algo tan hermoso, fantasear que las ha oído mil veces y disfruta de ellas con el placer supuestamente irrepetible de la primera vez.