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sábado, 28 de agosto de 2010

Carmen Martin Gaite (Fragmentos)

El cuento de nunca acabar (Barcelona, Editorial Anagrana, 1988 y Barcelona, Círculo de Lectores, 1994)






De la solapa del libro: "Este conjunto de reflexiones que se leen como si fueran cuentos —o, incluso, a la inversa— giran alrededor de la esencia y las motivaciones del decir y del contar. Nada tienen que ver con los fríos y académicos ensayos literarios sobre el tema, porque son ellos mismos literatura. Las reflexiones personales de Martín Gaite acerca de narrar —y de leer o escuchar lo narrado— se entrelazan inextricablemente con sus recuerdos, sus vivencias y sus lecturas. (...) Escrito casi como si se tratara de un relato oral, este libro propone un viaje a través de la ficción, una indagación de los resortes narrativos —de esa serie de juegos, fingimientos, mentiras e ilusiones— que se van entretejiendo hasta detener el tiempo —o, mejor, suspenderlo—. Aforismos, recuerdos, reflexiones y hasta comentarios sobre el proceso de creación del libro —que se alargó durante nueve años— van dando forma a esta curiosísima aventura del pensamiento."



"A través de los cuentos que le dedican a él, el niño recibe dos dones de diferente índole: uno, relacionado con el asunto del cuento mismo; otro, con la actitud y la identidad de la persona que se lo cuenta. Al niño le gusta oír cuentos; de un lado, porque le suministran material y argumento para sus fantasías solitarias mediante las cuales evadirse de ese mundo tedioso de los avisos y normas cotidianos, y de otro, porque significa una prueba de atención y de amor por parte del narrador físicamente presente, cuya voz oye y cuyos ojos le miran. Es decir, sabe que, a través del cuento, se está criando un vínculo de relación entre él y el narrador. El hecho, pues, de que el cuento le prenda más o menos, aparte de la curiosidad que puedan despertarle sus vicisitudes, depende en razón directa de la significación afectiva que para él tenga ese narrador concreto o del prestigio que le atribuya." (Del capítulo 4, "La Cenicienta")

"—¿Me lo estás contando con ganas? —inquiere recelosamente el niño cuando está escuchando un cuento que ha pedido él, en esos tramos en que el relato decae, acusando síntomas de distracción o apatía por parte de la persona que se lo cuenta. Teme, y con fundada razón, que ese narrador ocasional pueda tener prisa o estar reclamado por uno de los múltiples agobios que con tanta frecuencia tejen una invisible red sobre la fisonomía de los adultos y oscurecen su ceño. El niño tiene una predisposición intuitiva e inmediata para registrar semejantes distracciones y es incapaz de tolerarlas de buen grado, porque siente que afectan a la materia misma de lo que se está narrando." (Del capítulo 6, "Las veladas de la quinta")

"Si bien se mira, todo es narración. Desde la infancia nos vamos configurando al mismo tiempo como emisores y como receptores de historias, y ambas funciones son estrechamente interdependientes, hasta tal punto que nunca un buen narrador creo que deje de tener sus cimientos en un niño curioso, ávido de recoger y de interpretar las historias escuchadas y entrevistas, de completar lo que en ellas hubiera podido quedar confuso, abonándolo con la cosecha de su personal participación. El desarrollo de nuestras aptitudes narrativas depende así, en gran medida, de cómo hayan sabido espolearlas en esa edad primera los buenos narradores de nuestro próximo entorno, encargados de atizar y mantener encendida la llama de la santa curiosidad infantil, y a quienes, de una manera más o menos consciente, hemos envidiado y tomado por modelo". (Del capítulo 8, "El Gato con Botas")

"La lectura, al mismo tiempo que una fascinación, supone el enfrentamiento con un mundo del que se siente uno excluido y en el que de alguna manera, por algún portillo milagroso, desearía ardientemente penetrar. No sirven las indicaciones que dan los profesores, parecen estar equivocadas a propósito, desvían. —Tenéis que ir por aquí —dicen—. Y es mentira, por allí no se ve nada. El niño querría descubrir por su cuenta y riesgo los vericuetos que llevan de verdad a ese castillo de la letra impresa y encontrar él solo la llave de acceso a sus estancias." (Del capítulo 11, "La entrada en el castillo")






Fragmentos de interior de Carmen Martín Gaite:


A sus veinte años, Luisa deja el pueblo y, recomendada por Víctor, un amigo maduro, entra a servir en una casa de Madrid. Diego, su anfitrión, es un editor separado de la portuguesa y atormentada Agustina y emparejado ahora con Gloria, una aspirante a actriz mucho menor que él. En la casa vive también Isabel, la hija de Diego -una joven apasionada e inteligente- mientras que su hermano Jaime, un muchacho guapo y afeminado, aparece de tanto en tanto por allí. Al poco de llegar Luisa a la casa, ésta tiene ocasión de ver a Jaime borracho y en pleno arrebato. La intervención de la joven resulta crucial para apaciguarlo y propicia más tarde la huida de Salvador, un amigo de Isabel al que busca la policía. Todo ello dará una nueva dimensión al mundo de Luisa, que también guarda su propio secreto.




El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite


Qué aglomeración de letreros, de fotografías, de cachivaches, de libros...!; libros que, para enredar más la cosa, guardan dentro fechas, papelitos, telegramas, dibujos, texto sobre texto: docenas de libros que podría abrir y volver a cerrar, y que luego quedarían descolocados, apilados uno sobre otro, proliferando como la mala yerba (p. 16).

Me acerco a la puerta, sin hacer ruido, y asomo un poquito la cabeza, amparándome en la cortina, como si observara, entre bastidores, el escenario donde me va a tocar actuar en seguida. Ya lo conozco, es el de antes, veo la mesa con el montón de folios debajo del sombrero –evidentemente el tramoyista ha añadido algunos más- y al fondo, a través del hueco del lateral derecha (suponiendo que el patio de butacas estuviera emplazado en la terraza), vislumbro las baldosas blancas y negras del pasillo que conduce al interior de la casa; el hueco está cubierto a medias por una cortina roja del mismo terciopelo que la que me esconde, pero ni se mueve ni se adivina detrás de ella bulto ninguno, no da la impresión de que por ese lateral vaya a aparecer ningún actor nuevo. El personaje vestido de negro ya está preparado, espera mi salida tranquilamente sentado en el sofá, todo hace sospechar que vamos a continuar la representación mano a mano (p. 175).


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