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lunes, 9 de julio de 2012

Comentarios de una lectora

Memorias de Leticia ValleRosa Chacel
Prólogo de Juan Antonio de Villena
Círculo de Lectores
Madrid, 1988, 221 págs.
Memorias de Leticia Valle
Rosa Chacel
Prólogo de Juan Antonio de Villena
Círculo de Lectores
Madrid, 1988, 221 págs.

por 
Ana Alejandre

Esta novela se puede considerar la más conocida, aunque no la mejor de Rosa Chacel, pues quizás se le podría adjudicar dicho adjetivo a La sinrazón, novela considerada su obra maestra.

Sin embargo, Memorias de Leticia Valle sí es la novela más accesible, en cuanto a su lectura se refiere, aunque contiene un sinfín de disquisiciones y reflexiones de una niña de doce años, su protagonista, que pueden ser reflejos de vivencias reales y no ficticias de la propia vida de su autora, como es el caso de lo narrado sobre la figura de Ortega y Gasset, en forma de clave, quien tuvo una gran influencia en la vida de Rosa Chacel, pues mantuvo con el filósofo una relación de amistad y admiración, a través del grupo de intelectuales creado alrededor de la figura del iluste pensador al que se incorporó Rosa, en la primera veintena del siglo pasado.

Rosa Chacel había afirmado siempre que Memorias de Leticia Valle no era una autobiografía, sino un retrato, aunque se encuentra infinidad de coincidencias del carácter de la escritora con el de la protagonista de esta novela, lo que puede suponer una serie de claves que nos van descifrando la propia vida de Rosa Chacel, a través de los símbolos que nos ofrece en esta novela. Leticia Valle es una niña que se queda fascinada por el bagaje intelectual de su mentor, don Daniel, que empaña la figura de doña Luísa, esposa de aquel, a pesar de que esta señora le da clase de música a la niña, pero sin despertar en ella esa intensa admiración que siente hacia el personaje masculino en el que encuentra las notas principales de un auténtico intelectual.

Hay que tener en cuenta que esta novela fue escrita en los años cuarenta y era auténticamente revolucionario crear un personaje femenino que no tuviera otra aspiración vital que convertirse en esposa y madre, es decir en una simple ama de casa. Por dicho motivo, se puede considerar a la autora de esta novela como una escritora revolucionaria en su tiempo, pero no sólo por la aspiración intelectual de su personaje, sino por el hecho de basar dicha novela en un proceso de seducción intelectual entre maestro y alumna en pleno inicio de la adolescencia, por lo que no es una Lolita, al modo de Novokov, ni tampoco una víctima de la seducción que le provoca dicho personaje masculino, sino que es consciente y voluntariamente actora en dicho proceso de identificación admirativa, pero con las secuelas que ésta le deja.

Quizás, llegados a este punto, se pueden encontrar en esta novela las claves definitorias del antifeminismo de Rosa Chacel, por lo que piensa que que la mujer no tiene que reivindicar un mayor protagonismo por creer que permanece supeditado al del hombre, ya que para ella eso sería una prueba manifiesta de que acepta y se supedita al machismo como sistema consuetudinariamente institucionalizado, por lo que la mujer debe tomar ese protagonismo y hacer uso de él sin reivindicación alguna, sino de una forma natural y espontánea, porque es un derecho que por ser suyo, por el mero hecho de ser un ser humano, no tiene por qué reivindicar con gritos, soflamas y exigencias, sino que tiene que actuar y no perdet tiempo y fuerzas en reivindicar lo que es suyo y no una concesión del varón.

Quizás en esta actitud de Leticia Valle con don Daniel se encuentran las claves de la propia relación de ambivalencia de Rosa Chacel con Ortega y Gasset, en la que existía, por parte de ella, la admiración indubitada hacia el magisterio intelectual de Ortega, cuya influencia se encuentran en toda la obra de esta autora en la que existen reflejos filosóficos y ensayísticos; al igual que a esta escritora le producía aunténtica crispación el concepto del filósofo sobre la mujer a la que calificaba poco menos de ser un simple objeto erótico o de seducción, pero dejando la función intelectual al hombre por considerar a la mujer poco dotada para dicho fin. La contradicción que le ofrecía al pensador el hecho de que Rosa Chacel fuera una de sus mejores alumnas, ponía en tela de juicio los prejuicios machistas que tenía al respecto.

En esta novela, don Daniel y su esposa parecen entablar una especie de pugna entre ambos por la admiración y reconocimiento que advierten en la niña y es en esta parte de la obra donde se puede apreciar más la sombra de Ortega detrás del personaje del mentor.

La voz narradora de la novela es la de la propia Leticia Valle, al mismto tiempo que su protagonista, y esto sucede en el momento histórico, 1945, en el que fue escrita y en el que no existían apenas novelas escritas, narradas y protagonizadas por una mujer, lo que le añade un plus de novedad y digresión que la hace más interesante si cabe y, especialmente, hay que tener en cuenta que esta novela fue escrita en el exilio, porque hubiera sido de todo punto imposible haberla escrito y publicado en la España franquista de la época, en la que hubiera sido el detonante de un escándalo y quizás le hubiera valido el exilio en el que ya estaba cuando la escribió y publicó.

Se pueden encontrar en esta novela varias lecturas, todas ellas clarificadoras de la personalidad y el talante de Rosa Chacel: la vital, es decir, las propias vivencias de Rosa Chacel cuando aún vivía en Valladolid; la seducción -en el sentido intelectual de la palabra únicamente- de una niña por un hombre que le fascina por su bagaje cultural y humanista; la confrontación entre los roles masculinos y femeninos de la época y la forma de superar dicho conflicto; y, por último, las relaciones entre los gerifaltes de la cultura española y la escritora de principios del siglo XX., lo que viene a definir el pensamiento de esta autora que fue conocida en España a la vuelta de su exilio, a partir de los años setenta del pasado siglo.

A pesar de la distancia en la que escribió gran parte de su obra -esta novela objeto de comentario también-, nos ofrece un magnífico mosaico, muchas veces en clave, de lo que suponía para una mujer vivir en un mundo hecho por hombres y para hombres a su medida, en el que la figura de la mujer se desdibujaba siempre detrás del rol tradicional de madre y esposa, es decir, marginada del mundo cultural y de su propio desarrollo intelectual y humano.

Memorias de Leticia Valle es, pues, la novela de una escritora que supo escribir a contracorriente en una épóca en la que se sentía constreñida por los prejuicios machistas, la invisibilidad de la mujer en el mundo cultural e intelectual, y la vocación irrefrenable y poderosa de una escritora que se adelantó a su época, pero sin estridencias, ni revoluciones que no pasaran por el filtro de su talento creador y de su capacidad para escribir y crear historias que eran la disculpa para poder pergeñar su capacidad crítica de una época y una sociedad que no le gustaban, en su condición de mujer, y a la que describía con sensibilidad, capacidad crítica y una gran lucidez.